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El viaje de Milunka

Con el petate preparado y la mañana rayando el horizonte, Milunka está lista para empezar su camino. Lo hace sin despedirse de nadie, dando los primeros pasos con seguridad ante el viaje que comienza, quizá el más importante de su vida. La brisa matutina acaricia el espacio que separa la punta de sus orejas y el cráneo, un cosquilleo que no recuerda haber sentido nunca pues hasta ayer ahí se recogía su frondosa y oscura melena, ahora convertida en un rapado militar. De chico. Parte de su disfraz.

Frente a sus ojos se forman escuetas nubecillas de vaho que se desvanecen al chocar contra sus labios, permanentemente fruncidos para intentar esconder así sus suaves facciones. El rostro es bello, como corresponde a una chica de poco más de veinte años, pero eso es más un problema que una ventaja en el lugar al que le llevan sus pies: su identidad, el espíritu de joven campesina que la ha acompañado toda su vida, se ha quedado en casa de sus padres a las afueras de Koprivnica. El resto de su ser lo guardará en un recoveco de su alma al que poder regresar en los momentos más duros de su periplo, recordando quién es y por qué inicia un viaje que le obligará a mutilar toda su existencia.

La respiración se le hace difícil al tener el pecho aprisionado por las vendas que cubren su feminidad, aplanando sus senos para ocultarlos dentro del uniforme militar. El paso firme, duro, que sirva para anunciar su llegada; la llegada de un joven recluta dispuesto a atender la llamada de su patria en la guerra contra los otomanos. No va a permitir que nadie ponga en duda su masculinidad pues el castigo si la descubren sería temible. Por ello se ha pasado la noche en vela intentando perfeccionar el bamboleo de sus brazos al andar imitando a los hombres de su pueblo, con la mandíbula alzada y los hombros tan anchos como su clavícula le permite, arrojando al mundo el gesto prepotente que tantas veces ha visto en los chicos de su edad al intentar seducirla los días de fiesta. Si bien esas muestras de vana hombría nunca le han impresionado, el haber vivido con los ojos abiertos y la atención fija en aquellos detalles le sirve ahora para dar el matiz adecuado al personaje que interpreta. Cualquier persona que se cruzase con ella por el camino de tierra sólo vería a un aguerrido soldado marchando al alba.

Antes de llegar a su destino, Milunka prolonga su viaje un poco más hasta un abrevadero cercano en el que estudia su reflejo a la escasa luz del amanecer antes de jugársela frente a sus futuros compañeros de trinchera. Gesto duro, hosco, con la frente algo sucia para aportar un punto de rudeza al disfraz. Solamente cuando fija su vista en sus pupilas puede apreciar una delatadora chispa de miedo. El miedo a ser descubierta; al dolor y a la muerte; a la guerra. Los turcos no son conocidos precisamente por su respeto a las mujeres enemigas, y si la atrapan no espera salir bien parada del lance. Sobrevivir o perecer, no hay término medio posible.

Tras un parpadeo logra que el brillo tembloroso desaparezca de sus ojos, algo que le da la fuerza necesaria para atravesar su reflejo de un puñetazo y sonriendo de medio lado perderse entre las calles hasta llegar a su meta. El edificio que ha escogido el ejército como base es bastante ruinoso pero amplio, suficiente para alistar remesas de soldados que mandar al frente. La joven oscurece su voz e indica al guardia de la puerta a lo que ha ido. Él la mira de arriba abajo provocando que a la chica se le pare el corazón por un instante: el que tarda en franquearle el paso indicándole con un gesto el camino a seguir. Prueba superada. A la derecha varios hombres esperan en una sala grande cada uno sentado frente a una mesa con una máquina de escribir y varias hojas de papel.

– ¿Nombre? –pregunta el primero de ellos.

– Milun Savic.

– Tienes un largo trecho por delante, Milun. El campo de instrucción queda lejos.

– Eso no será un problema.

Milunka sonríe brabucona ante la mirada que le dirige el soldado.

– Muy bien, valiente. Espera en la sala contigua a que te llamen.

La joven asiente y se da la vuelta soltando un bufido al comprobar que nadie ha reparado en que es una mujer. La mutación de Milunka a Milun se ha completado.

Ya ha dejado la sala cuando oye a través del pasillo que otro de los militares le llama a voces. El corazón se le para por segunda vez esa mañana.

– ¡Eh, Milun! –Milunka asoma la cabeza por la puerta– ¿No tendrás tú una hermana morena y alta que fue al baile de la semana pasada con una falda azul?

– Sí, esa es mi hermana.

– Pues a ver cuándo nos la presentas, que es una verdadera preciosidad.

– No como tú, con esa cara –dice otro haciendo que todos estallen en risas.

Milunka baja la cabeza para intentar ocultar la sonrisa de felicidad que lucha por asomarse a su cara. Ha logrado su objetivo: su hermano pequeño Milun se librará de ir a una guerra absurda peleando ella en su lugar. Al engañar a aquellos hombres posiblemente le acaba de salvar la vida.

– Milunka –les dijo paladeando su nombre con orgullo como si fuese la última vez que va a escucharlo–. Mi hermana se llama Milunka.

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