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El velatorio

No me queda otra que ir. Acercarme al tanatorio más por obligación que por gusto; cumplir el expediente. A todos nos toca en algún momento. Sin saber por qué, de pronto nos vemos vestidos de negro, elegantes pero con el rostro mustio, pálidos, encaminados a un sitio del que nunca se sale de la misma forma que se ha entrado.

Los pensamientos son los mismos en cada persona, con matices propios y singularidades individuales, pero con una misma raíz: la fugacidad de la vida. Que ahora estás aquí y luego a saber dónde. Que si no somos nadie y hay que disfrutar el momento, se escucha entre susurros. Carpe diem y tempus fugit dicen los imbéciles con ínfulas, que no pueden dejarse de latinajos ni en un velatorio. Veo los corros formándose, por un lado las amistades que se conocen entre sí, luego las que no, por allí familiares más cercanos y por aquí los lejanos. Alguien se encarga de entretener a los niños, alguna prima mayor o un tío joven que se los lleva fuera.

Suele haber un grupo heterogéneo de gente que no conoce a nadie más, y que en medio de tanta muerte busca el cobijo de la turba para intentar calentarse las almas. Digo calentar con toda la intención, pues siempre que he ido a un velatorio me ha dado la impresión de que un frío sordo y sinuoso recorre las habitaciones en silencio; como si la muerte estudiara el mercado para decidir su próxima víctima.

También en todos los velatorios hay una persona que hace más llevadera la situación a la viuda o los hijos. Al círculo más próximo al finado, vamos. Se le reconoce porque va dando grandes pasos de un lado para otro, saludando a las visitas e indicando dónde están los servicios. Además suele organizar la cola para dar el pésame y estar al tanto de pelmas, aprovechados y posibles herederos interesados. Hay que tener valor para cumplir con el papel sin derrumbarse, sabiendo distinguir rápidamente entre compungidos y plastas y actuar en consecuencia.

En esta ocasión el ágape no es que sea demasiado generoso. Los chismosos dirán que o los familiares no han querido gastarse mucho dinero o están pasando por penurias económicas. También hay chismorreo en los velatorios, faltaría más. No puedo evitar sentir algo de pena al ver los pocos aperitivos, aunque me reconforta ver el despliegue de alcohol. Quizá sea mejor así, antes aflorarán los lloros.

Lo que sí hay son muchas flores, al menos veinte ramos y unas diez coronas. Nunca he entendido por qué se envían, pero es bonito ver que tanta gente quiere mandar un detalle. Supongo que sirven para aliviar conciencias, porque tampoco hay tanta gente en el velatorio. Casi mejor, fuera vanidades y compromisos, que estén sólo los que quieran estar.

Al fondo, en el corredor, una sombra oscura me mira inquieta, esperando. Le hago un gesto con la cabeza y me vuelvo a ver a mi mujer, que está sentada en un butacón junto al féretro, al que no me asomo, y a mis dos niños, que están guapísimos con el traje negro. No digo nada pues sería inútil, y esquivo a familiares y amigos como si todavía estuviese vivo y fuese a chocar con ellos. Qué le vamos a hacer, soy nuevo en esto de ser un alma errante.

Me coloco junto a la oscuridad de fuera, que me pone una mano encima del hombro como intentando reconfortarme. No sabía yo que la muerte se molestase en esas cosas, pero la verdad es que ayuda. Vuelvo la vista por última vez y me parece que la sala donde está mi cuerpo se ha vuelto pequeña, insignificante comparado con la gran incógnita que me aguarda.

Tienes suerte, me dice la sombra antes de irnos. No todo el mundo puede asistir a su propio velatorio.

 

Foto de portada: ©Jacob

 

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