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El último

Mi padre murió cuando yo era muy joven, por lo que no tengo recuerdos de su existencia. Apenas fotos antiguas y olores viejos grabados en un recoveco ya olvidado de mi cerebro. Décadas amontonando ideas e historias en la materia gris acaban sepultando incluso aquellas que desesperadamente tratamos de recordar.

Con mi madre es mucho más fácil. Murió hace cinco años, con ciento uno, de modo que puedo recordarla desde su lúcida treintena hasta los espasmos que precedieron a su muerte. Puedo rememorar sin problemas el día en que me di cuenta de que ya no era tan joven, pues la imagen de sus manos salpicadas de manchas me viene a la mente cada vez que me miro las mías, tan achacosas y envejecidas como las suyas en sus últimos años.

Falto de padre y madre me refugié en mi hermana, pero la Parca quiso llevarla a ella antes que a mí. Cada uno tenemos nuestro día, y en esa carrera me ganó de largo la muy imbécil. Habíamos llegado a un pacto, los dos solteros y sin hijos como estábamos, pero no, tuvo que morirse. Hay que joderse.

Ahora vivo solo en una finca que compré hace mucho con idea de que fuese lugar de encuentro y celebración para nuestra familia. Eran tiempos en los que los negocios me iban bien y quería casarme y tener hijos. Luego la vida, como siempre hace, tomó el camino que mejor le pareció y me alejó de todo aquello. Ahora sólo me queda mi triste pensión, mi parcela y el recuerdo.

Cada dos días me acerco al pueblo más cercano a pie. Son cinco kilómetros que me sirven para desentumecerme, comprar todo lo que puedo necesitar en el supermercado y tomar un chato de vino con los parroquianos del lugar. Ese es el único contacto que mantengo con la humanidad, y cada vez me resulta más tedioso. No tengo amigos. Ni siquiera vecinos. Sólo hay caras que pasan frente a mis ojos cansados sin generar suficiente interés como para grabarse en mi memoria. Me aburren sus nombres y sus conversaciones vacuas. Prefiero el silencio de cigarras de mi Baler, pues estoy convencido de que, sin familia ni amistades, soy el último de mi Filipinas particular.

Tengo ochenta y dos años y mi salud es aceptable. Camino todos los días, como bien y mis perros me mantienen entretenido. Sin embargo la sombra de la nostalgia es demasiado fuerte, demasiado tentadora, y me lleva a ver con otros ojos la escopeta de caza que cuelga de la pared. Es como si cada día ella sola reptase desde sus alcayatas poco a poco, milímetro a milímetro, para ponerse cada vez más a mano.

De momento aguanto, pero saberme la última persona que recordará mi existencia convierte su metálico abrazo en una tentación demasiado fuerte.

 

Foto de portada: ©Shogun

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