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El tiparraco

“A ver, cómo te lo cuento… Yo había quedado con mis amigas, con Laura y con Elena, ya sabes, con las que suelo salir a tomar café de vez en cuando, y de pronto va Elena y dice que si se puede venir un amigo suyo que estaba en su casa de visita. A mi la verdad es que esos planes de juntar gente que no se conoce nunca me han gustado y fui con el morro torcido, pero es que jamás me habría imaginado lo que me esperaba. Laura llegó, como siempre, unos cinco minutos tarde, y Elena tardó más de veinte minutos en aparecer. Ella, que siempre es ultrapuntual. Y encima aparece con un tiparraco con el pelo grasiento, vestido en chándal y con una sonrisa de bobalicón que no podía con ella. Seguro que llegaron tarde por culpa de él.

El caso es que al final vamos al sitio que solíamos ir, una cafetería del centro bastante mona en la que ponen unos batidos estupendos. Yo me pedí el de siempre, el de mango, plátano y mandarina, y Elena y Laura pues alguno de los suyos… y el tiparraco se pidió una Cruzcampo. Así, pedida directamente, Cruzcampo, que no eran ni las cinco de la tarde y que no es ni cerveza. Que decía que era del sur y que le recordaba a casa. Yo flipaba, te juro que flipaba. Cruzcampo, madre mía…

La cosa siguió con nosotras tres hablando de nuestras vidas mientras él miraba embobado por la ventana. No intervenía apenas en la conversación y lo único que hacía era dar unos sorbitos ridículos a la cerveza y tamborilear en la mesa. Como odié ese tamborileo. Elena se dio cuenta y me dio un golpecito por debajo de la mesa a modo de disculpa. Si es que lo de mezclar gente que no se conoce en grupitos nuevos de amigos nunca sale bien…

Pero espera, que al rato se puso mejor. El tiparraco se levantó, se pidió otra Cruzcampo y le dijo al de la cafetería que pusiera el fútbol, que daban nosequé partido en abierto y que quería verlo. En una cafetería monísima va y pide eso el muy cateto. Elena le disculpó diciendo que era muy forofo del Sevilla, pero aquello no tenía disculpa posible.

Yo estaba a puntito de irme, pero claro, faltaba el remate final. Sobre el estruendo de la tele con el maldito fútbol Elena nos dijo que nos invitaba a otra cosa; sabía que la había cagado trayendo a su amigo y quería compensarnos. El caso es que me pido un cappuccino y nada más traerlo el camarero, el imbécil del tiparraco se levantó de golpe porque habían marcado un gol. Te podrás imaginar el resultado: del meneo que le dio a la mesa la taza salió volando y me cayó todo el café hirviendo por los pantalones…. Ahí sí que me fui para casa más enfadada con Elena que nunca en mi vida”.

 

“Vaya… ¿y después de todo eso consiguió que salieras con él? ¿Cómo?”, le pregunta la chica.

“Eso deberás preguntárselo a tu padre”, responde ella con una sonrisa que no todo el mundo conseguiría descifrar. “Él sabrá cómo lo consiguió”.

 

Foto de portada: ©FabianoAdvertising

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