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El teatro de la placita

Hay una pequeña placita en el parque, retirada del camino principal y con una fuente en el centro, en la que puede verse casi cualquier cosa. Si es fin de semana habrá muchos niños levantando polvo y haciendo surcos en la arena. El domingo a eso de las doce de la mañana la multitud de coleccionistas la tomará para intercambiar cromos. Y si es de noche los dueños de los perros soltarán a sus mascotas para que correteen unas con otras.

Sin embargo lo más interesante ocurre a eso de las siete de la tarde en los bancos que rodean la plaza. Es entonces cuando el lugar se convierte en una especie de feria de microteatro en la que en cada banco se interpreta un entremés que ameniza la vida de los viandantes. Por lo general suelen ser muy variados, pues en cada asiento el grupo actoral es distinto. Hoy, por ejemplo, es un día de lo más particular.

Justo al lado del camino, en el primer banco de la izquierda, tres personas interpretan una obra típicamente costumbrista, habitual de los parques los días de buen tiempo. Dos mujeres de mediana edad charlan animadamente haciendo grandes aspavientos que acompañan su relato, mientras a su lado un anciano delgado y vestido con un traje impoluto observa el horizonte tras sus gafas de sol. Sólo hablan ellas, él no interviene, pero acompaña la narración con leves movimientos de su bastón, que tiene colocado entre sus piernas cruzadas.

Al otro lado y frente a la fuentecita, un joven rubio con aspecto extranjero habla en un idioma incomprensible mientras golpea enfadado las tablas del banco en el que se sienta. A su lado una anciana vestida con una bata de lana rosa le mira con la boca entreabierta y gesto de no entender. Él, sin inmutarse, sigue con su monólogo señalando muy lejos y dando golpes en el banco.

Frente a esta última pareja, un par de madres se parapetan del mundo tras los carritos de sus criaturas, que corretean a su alrededor asaltándolas cada poco tiempo para pedirles agua, gusanitos o que miren la cabriola que se acaban de inventar. Ellas mantienen la conversación a duras penas, intentando retener algo de vida adulta pese a las constantes interrupciones de sus hijos.

El último banco lo ocupa una única mujer. Su obra de teatro es sin palabras, pues está sola y simplemente se limita a hacer pequeños gestos y acomodarse en el asiento. Estará cerca de los setenta, pero está muy bien arreglada, con un bonito vestido azul y blanco y mira coqueta a ambos lados retocándose de vez en cuando el peinado. Sonríe tímidamente, como si esperara a alguien, dejando al espectador con la intriga de quién será.

En unas horas la luz bajará y todos los actores se irán retirando poco a poco a sus respectivos camerinos, ya sea para hacer la cena, preparar a los niños para el cole, tomar un vino en un bar cercano o simplemente descansar hasta que, a la tarde siguiente, el teatro de la placita vuelva a abrir sus puertas regalando pequeños entremeses a todo el que tenga los ojos lo suficientemente abiertos como para apreciarlos.

 

Foto de portada: ©Scholty1970

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