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El taxidermista

Qué tipo raro el vecino de arriba. Siempre va por la escalera mirando a todas partes, como si tuviera miedo de encontrarse con alguien. Ya me ha preguntado dos veces quién vive en el ático, donde la casa del portero, y las dos le he dicho que nadie. Que la última persona que vivió allí fue la viuda del portero, pero de eso hace ya muchos años… ¡A saber cómo estará esa casa ahora!

Míralo, ahí va otra vez, con su mirada huidiza y los ojillos de un galgo asustado. Menudo pánfilo. Buenos días, vecino, a pasarlo bien. Menudo pánfilo. En fin, vamos para casa que hay trabajo que hacer.

La vida del taxidermista es solitaria, muy solitaria. Al menos la mía lo es. He vuelto a casa de mi madre, la casa de mi niñez, y aquí he montado mi taller. Es una casa decorada con muebles antiguos que he tenido que recolocar para hacer sitio a la mesa de trabajo y las herramientas. La instalación del extractor de humos fue lo más complicado, pero se solucionó con relativa rapidez. Ahora el salón principal es mi estudio, con las grandes planchas para mantener las pieles en sal y quitarles el agua antes de tratarlas a un lado, y las lámparas, botes de productos químicos y demás equipamiento al otro.

La verdad es que estoy contento con cómo ha quedado todo, aunque la casa sigue siendo tan fría, tan oscura y tan lóbrega como la recuerdo de niño. Aquí siempre parece que pasa algo raro. En las mañanas de invierno no importa cuánto tiempo ponga la calefacción en el baño: el vaho siempre baila en el aire al respirar. Alguna vez de niño vi sombras en las paredes, pero mi madre consiguió quitarme esas locas ideas de la cabeza. Aquí no pasa nada, me decía, ve y juega con tus muñecos.

Debo tanto a mi madre… por eso sufrí como sufrí cuando murió. He convertido su habitación en una especie de museo dedicado a ella, con la cama siempre hecha con sus sábanas favoritas, sus fotos colgadas en las paredes y el dosel muy limpio, tal y como le gustaba. Hay dos velas permanentemente encendidas en la mesilla, por lo que la sala siempre está en penumbra, y su rosario lo he colgado en la pared, junto a la cabecera. Ni siquiera he querido cambiar las últimas flores que le regalé, que están ennegrecidas y mustias sobre la cómoda. Casi me gustan más así. Supongo que a los taxidermistas nos atrae de alguna forma la muerte.

Cuando llegó el momento no celebré ningún funeral. No avisé a nadie de que había fallecido. Ella se merecía algo más. Fue ella la que, al ver mi gusto por los animales, me animó a dedicarme a la taxidermia y revivirlos una vez llegada su hora. Por eso tenía que demostrarle que domino mi oficio. Por ella. Para mantenerla incorrupta para siempre. Como se merece.

No fue fácil trabajar su piel. Estaba seca, quebradiza de vejez. Limpiar su esqueleto fue un proceso mucho más complejo que el que suelo realizar habitualmente. Lloré y lloré mientras deshacía sus órganos y sus músculos entre ácidos en la bañera, con su rostro vacío mirándome sin ojos desde el maniquí donde lo tuve esperando hasta tener listo el relleno. Lloraba y la veía ahí, apergaminada y marchita, pero creo que me sonreía. Coserla fue una tarea muy delicada pero por suerte su vestido negro y su peluca ayudaron a cubrir los costurones.

Todas las noches me quedo mirándola, tan tranquila sobre su cama, como dormida bajo la luz de las dos velas en el frío perenne de su habitación. Como una santa. Manteniéndose exactamente igual para el resto de la eternidad. Como se merece.

 

Foto de portada: ©Peter Herrmann

 

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