La campana está quieta, silenciosa después de que su infernal tañido me haya arrebatado el alma. Cada poro de mi cuerpo exuda frío. Tiemblo al levantarme; las piernas apenas aguantan mi peso.
— Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?
Me giro tan rápido como mi maltrecho estado me permite y entonces la veo. Junto a la campana, con su sonrisa burlona, sus manos repletas de anillos y una cola larga y delgada que asoma por la parte de atrás de la fina túnica que cubre su cuerpo. Es bellísima.
— ¿Mi abuela te envía a acabar el trabajo?
Mi voz es sólo aire, y eso hace que su sonrisa se ensanche. Bajo sus labios aparecen unos dientes blanquísimos: su boca ha sido creada magistralmente por el Mal para volver locos a los hombres. Es un súcubo, y eso sólo significa problemas.
— Tu abuela no tiene potestad alguna sobre mí, exorcista —dice acercándose con un lujurioso movimiento de caderas—. Vosotros no sois los únicos con libre albedrío, ¿sabes?
Cuando está sólo a dos pasos se detiene, e incluso a esa distancia puedo notar el calor que emana. Tiene la piel pálida, gris bajo la tenue luz que ilumina este campanario desde ninguna parte, y una melena caoba que se pierde por su espalda. Las pupilas brillan doradas mientras me estudian.
— ¿A qué has venido entonces?
— A verte, por supuesto —le chisporrotean los ojos al decirlo—. Un exorcista que se atreve a venir hasta aquí es un espectáculo digno de verse… nunca se sabe cuánto va a durar.
No es más alta que yo, pero de alguna forma consigue mirarme desde arriba. No sé si la debilidad que siento es evidente para ella, pero desde luego es la que me lleva a preguntar.
— ¿Vas a ayudarme?
El sonido de su risa lo recordaré por siempre: superior, melodiosa e increíblemente sensual. Todo en ella incita al pecado. Debo mantenerme sereno.
— ¿Ayudarte? ¿Por qué debería hacerlo?
— Hasta Lucifer fue un ángel una vez.
Oírme mentar al Diablo hace que su gesto se deforme momentáneamente en un rictus de terror. ¿Qué hará el Mal a sus esbirros para que sólo su nombre les cause pavor?
Tras el momento de flaqueo, el súcubo retoma su posición dominante y cierra la distancia que hay entre nosotros. Su cuerpo casi roza el mío, pudiendo notar por encima del calor que viene de su cuerpo un olor dulzón que me embota los sentidos. Desde que me ordené he tenido que luchar contra el deseo en varias ocasiones, anteponiendo mi vocación a mis impulsos, pero jamás me había enfrentado al desasosiego que ella me causa.
— Te diré lo que vamos a hacer —dice mientras alza su mano y me acaricia la cara—. Tú mantente con vida. Si lo consigues, veré qué puedo hacer por ti.
El tacto de sus dedos contra mi rostro borra cualquier posible respuesta de mi mente. Es como si mi cerebro dejase de funcionar a su lado. Cuando quiero darme cuenta se ha separado de mí. Ya sólo veo su figura deformada entre las sombras alejándose.
— Dime —dice deteniéndose de medio lado enseñándome toda la pierna a través de la raja de su túnica—. ¿Tenemos un trato?
— Sí —consigo articular. Todavía sigo sin aliento.
Una risita cargada de malicia me responde antes de que la oscuridad se la trague. Sin embargo, aunque vuelvo a estar sólo, escucho su voz en mi oído una última vez.
— Me gustas, exorcista. Eres más guapo que el último que se atrevió a bajar aquí.
Foto de portada: ©Patrick Hawlik
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