Otra vez la piel suave, gris y caliente deslizándose contra mi espalda haciéndome imposible respirar. Otra vez sus ojos de fuego burlándose de mi triste aspecto. Otra vez mi mente completamente en blanco ante su insoportable belleza.
— Dime, exorcista, ¿qué tal tu paseo por el Infierno?
Quiero responder pero las palabras no nacen en mi garganta. Está demasiado seca y no porque lleve Dios sabe cuánto tiempo perdido en el inframundo; está seca por ella. Por la gasa que cubre su desnudez y me incita a abandonar todo aquello a lo que he consagrado mi vida y beber de su boca perfecta.
— ¿Qué eres? —termino por preguntar—. ¿Qué quieres de mí?
Una risita burlona muestra unos colmillos blanquísimos.
— Soy el eco de tus peores temores, y el sueño que no te atreves a admitir —respondió con una voz aterciopelada que parecía bailar en el aire—. He venido por ti, exorcista. No para destruirte, sino para mostrarte lo que has negado toda tu vida.
Mientras habla puedo notar sus formas pegadas a mi espalda, restregándose de una manera lasciva e impura contra la que no tengo fuerzas para luchar. Su lengua juguetea con mi oreja, y de alguna forma escucho su voz dentro de mi cabeza hablándome de deseos reprimidos y amores perdidos que juré negar cuando tomé los hábitos. Intento resistirme, pero mi humanidad me traiciona. Una mano ardiente se abre paso entre mi camisa bajando por el pecho, hasta que haciendo el esfuerzo más grande de todos atrapo su muñeca y se la aprieto con fuerza.
— Sácame de aquí.
La frase es una orden pero el tono es el de un ruego. Sin embargo de alguna manera funciona.
— No eres solo un siervo de la luz, exorcista. Eres carne, eres deseo, y eso no te hace menos puro. Te hace real.
La miro furibundo, pero al mismo tiempo me siento incapaz de retirar la mirada.
— Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a la santidad. Llévame a donde sea que mi abuela ha escondido mi alma.
Una sonrisa traviesa se dibuja en el rostro del súcubo, que parece divertido ante mi decisión.
— Algún día doblegaré tu fe, exorcista, pero sea, te mostraré el camino —dice tendiéndome la mano—. Aunque te lo advierto: no será fácil.
Tomo la cruz que cuelga de mi pecho al tiempo que le agarro su mano con fuerza y doy el primer paso.
— Nada de lo que tu amo tenga preparado para mí importa —digo sin girarme hacia ella—. Dios está conmigo.
Foto de portada: ©Pexels
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Amén!!!!
Para acabar el año……. No está mal. Menos mal que empieza uno nuevo. Que miedo!!!!
Sigue así hijo mío, mamá y yo te seguimos.
Un abrazo
Ohhhh…que pasará…se pone emocionante.!