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El sucesor

El líder Obeng ha fallecido, dijo el Mariscal Mbumbe. Y esas fueron sus últimas palabras.

Otros dos hombres cayeron abatidos: el general Mbumbe, hermano del Mariscal, y Mbia Nge Obeng, sobrino del difunto líder.

Cuatro hombres quedaban en pie. Eran los generales Abubakar, Mandla, Kamau y Tendaji, que sostenía un humeante Colt del .45 con silenciador. No bajó su arma ante la mirada de pánico de sus compañeros.

    — Hora de elegir, camaradas —dijo con voz calmada—. Con ellos o conmigo.

Ninguno se apartó de los tres cadáveres que mojaban sus botas de sangre fresca. Desde que el líder Obeng enfermó, todos esperaban un movimiento así. Lo que no sabían era de quién.

    — Voy a tomar el control del país —siguió Tendaji—. Mbia no era el adecuado para seguir el legado de su tío y vosotros lo sabéis.

    — Pero eso no es lo que el líder nos pidió.

Tendaji señaló a los hermanos Mbumbe.

    — Por eso están muertos. Eran demasiado fieles a la voluntad de Obeng —zarandeó la pistola como quien espanta una mosca—. No me gustaría que más compañeros tuvieran que morir hoy.

Los tres generales se miraron de reojo, midiéndose unos a otros. Ya habían hablado sobre Mbia muchas veces. Lo que no se esperaban era que el golpe fuese tan rápido.

    — Bien, Tendaji —terminó por hablar Mandla, el más mayor de los cuatro—. ¿Qué tenemos que hacer?

Tendaji sonrió satisfecho. Llevaba años esperando ese momento, y sabía perfectamente lo que cada uno de ellos debía hacer. Había que tomar la emisora nacional, así como el pozo petrolífero y cercar las embajadas principales. Tres generales, tres tareas. Pronto quedaron repartidas.

    — ¿Qué harás tú? —quiso saber Abubakar.

    — Yo iré al cuartel general a comandar las tropas. Luego a la emisora para hacer un comunicado a la nación. Queda proclamada la ley marcial en todo el país.

Los tres generales estaban a punto de marcharse cuando Tendaji les dio el alto.

    — ¡Alto!

Los tres soldados que hacían guardia en el pasillo irrumpieron en la sala tras el llamado de su jefe.

    — Tenéis una cosa más que hacer —dijo cuando los soldados encañonaron a los tres generales—. Jurar fidelidad a vuestro nuevo líder.

De dos zancadas, Tendaji cruzó el despacho y se sentó en el sillón del fallecido Obeng. Al instante los tres generales se acercaron, hincaron la rodilla y besaron su mano por turnos.

    — Sabia elección —sonrió con satisfacción—. Cada uno llevaréis a uno de mis hombres como escolta personal para… ayudaros en vuestro cometido. Yo me quedaré aquí para cerrar el palacio presidencial y después marcharé al cuartel general. ¿Alguna pregunta?

Nadie habló. No hacía falta.

Con un gesto de cabeza indicó a todos que se marchasen, dejándole solo en el despacho.

Tendaji miró por la ventana y volvió a sonreír.

Lo que veía era su país.

 

Foto de portada: ©Pexels

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