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El rey del hierro

Para muchos, para casi todos, la cárcel era un castigo. Para él era su casa. Le había costado muchos años hacerse con el control de la prisión, años de mantener a raya a unos, premiar a otros y ganarse la confianza de los funcionarios. Era el rey del hierro, pero mañana le iban a sacar del trono.

El fin de la condena era motivo de celebración para cualquier preso común: recuperar la libertad, volver a ver a sus seres queridos, empezar de cero… Pero él no era un preso común. Llevaba demasiado tiempo allí dentro como para esperar algo bueno del exterior. No había nada que le llamase la atención al otro lado de los barrotes. No tenía a nadie esperándole, la gente le daba asco y por encima de todo la sensación de ser un donnadie se le clavaba en la espalda. Dentro de la cárcel era alguien importante, y quería seguir siéndolo.

Desde que le informaron de su reducción de pena llevaba tiempo pensando en qué hacer para mantener su estatus. Para quedarse allí dentro. Necesitaba seguir sintiéndose alguien, que nadie cruzase una palabra, ni una barra de pan, sin que pasara por sus manos. El economato era su reino, los guardias sus cortesanos, los presos sus súbditos. Nada mal para un viejo de sesenta y tres años.

Ese último día en cautividad, que para él era el último día en libertad, se decidió a hablar con uno de los funcionarios con los que tenía mejor relación.

   — Martínez, necesito un favor.

El guarda le miró como sabiendo lo que se venía.

   — Dime —gruñó.

   — ¿Quién ha salido últimamente? De los buenos, ya me entiendes. De los que no merecen respirar el mismo aire que tú y yo.

Martínez le miró con el ceño fruncido.

   — No sé qué estás pensando, pero…

   — Necesito volver, Martínez. Aquí soy alguien, ahí fuera sólo soy un viejo esperando a morir —al ver la cara que ponía el funcionario decidió presionar un poco más—. Desde que yo estoy al mando las cosas están tranquilas, ¿verdad? ¿Quién va a hacer lo que yo he hecho? ¿Los gitanos? ¿Los moros? Sabes que si yo no estoy aquí esto se va a descontrolar. Te interesa que yo siga aquí.

El funcionario bajó la vista y se rascó la nuca. Ya lo tenía.

   — El Flaco. Mató a su mujer, ¿te acuerdas? Dicen que está reinsertado, pero eso no se lo cree ni Dios. Le han colado en un programa de…

   — ¿Dónde?

   — En Aluche. Le consiguieron trabajo cerca del Gomez Ulla.

Julián sonrió. Una sonrisa lenta, sucia y negra como el petróleo.

   — Gracias, Martínez —extendió una mano para estrechársela—. Nos veremos pronto.

A la mañana siguiente la puerta de la prisión se le abrió por primera vez. En una mochila llevaba una manta, un peine roto, un cuaderno con cuentas que nadie pagaría ahí fuera y algo de ropa. Los funcionarios casi se cuadraban a su paso, como un general que abandona un palacio en ruinas. Pese a que la cárcel estaba perdida en medio del campo, el aire le olió a basura, polvo y olvido.

Nadie le esperaba. Nadie le temía. Pronto corregiría eso.

El Flaco no había aprendido. Eso le venía bien. Él tampoco pensaba aprender nada nuevo.

Solo contaba las horas para volver a casa.

 

Foto de portada: ©Pexels

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