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El profesor

Faltan cinco minutos para que acabe la clase pero hace ya un rato que la lección ha terminado, derivando la conversación a temas más banales que apenas tienen que ver con lo que el profesor ha explicado. Él, como buen docente, sabe que dos horas seguidas de clase, después de las dos anteriores de otra materia, acaban con la concentración y el interés de cualquiera. Buena parte de su trabajo es saber administrar los tiempos, cuándo apretar y cuándo relajar el tono y el ritmo de la lección, logrando así que esas futuras generaciones de profesionales —ahora agotadas—absorban la mayor cantidad de conocimientos posible. O al menos intentarlo, que en el fondo a él le pagan igual.

Es el profesor un tipo tranquilo —esa es la impresión que da a sus alumnos—, de andar pausado y largos brazos que le sirven para llegar a cualquier esquina de la pizarra. Sabe que sus formas distendidas y su predisposición a hacer bromas para controlar el ritmo y amenizar el aprendizaje son queridas entre el alumnado, y por ello le votan como uno de los mejores docentes de la carrera año tras año. Lo que no sabe es que pese a sus cincuenta y un años, las arrugas de su rostro, su incipiente calva y los dientes torcidos en su sonrisa, es también considerado como un hombre atractivo con el que a no pocas alumnas —y también algún alumno aunque no lo reconozca— no les importaría tomarse una copa después de las clases.

Ellas son jóvenes de entre veinte y treinta años, pero saben apreciar la madura serenidad de ese hombre que mezcla tan elocuentemente chistes con erudición. Su barba de varios días. Su gracejo a la hora de contar anécdotas. Esas pequeñas cosas que el encanto natural de una persona convierte en seductoras a ojos del resto.

Las gabardinas demasiado largas en invierno y sus divertidas camisas en verano le dan un aire cercano a la juventud, algo que le convierte en una rara avis en el claustro universitario. Habitualmente comenta que le gustan los abrigos con bolsillos grandes para poder llevar libros dentro de ellos y leer siempre que tiene un momento, lo que dicho con su inocente media sonrisa mientras se sube las gafas cautiva a cualquiera. El tío es un ligón pero ni siquiera lo sabe. Va en el metro, como cualquier otro personaje del taciturno día a día de Madrid, con su cartera marrón con los bordes rozados y sus novelas compradas en cualquier librería de viejo, repasando las lecciones que va a impartir con el vigor que le da su disfrute por la enseñanza.

Ya termina la clase, recoge sus cosas y se despide hasta el siguiente día, llevándose clavada en la espalda la mirada de esas jóvenes —y esos jóvenes que no quieren reconocerlo— que encuentran en él una mezcla de seductora sapiencia, alegre sencillez y quizá una pizca de complejo de Electra mal resuelto. Eso a él no le importa pues ni lo sabe ni se lo imagina. Si se lo dijesen tan sólo se reiría y negaría con su pequeña cabeza. No hay mayor interés para él que sus clases y sus libros. Lo demás es pura fantasía.

2 comentarios en “El profesor”

  1. Encantador relato. Me ha recordado a un profesor de Filósofia del instituto, mil años hace de ello, del que todas andábamos enamoradas. Era tal y como lo has descrito y, además, cojo. Un seductor sin él saberlo.
    Gracias por tus entregas!
    C.

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