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El perro de Dar Drius

Los vi salir de buena mañana y me animé a seguirlos. Muchos de aquellos hombres habían sido buenos conmigo, compartiendo sus chuscos de pan seco y su agua y dejándome deambular por el campamento a mis anchas en busca de la mejor sombra. Eran unos setecientos y parecían muy alterados. Yo, por mi parte, les miraba de lejos. Hacía un calor horrible y los caballos levantaban mucho polvo.

Algo me decía que las cosas no marchaban bien. Desde hacía días los rostros se habían vuelto largos y las raciones escaseaban. Las reuniones de los mandamases eran cada vez más frecuentes, y palabras como desastre o huida, antes pronunciadas entre susurros, ahora se escuchaban en las tiendas sin sonrojo alguno. Definitivamente las cosas no marchaban nada bien.

Ya empezaba a cansarme cuando entre la nube de polvo que acompañaba al trote de los caballos apareció un grupo de soldados marchando en dirección contraria a la nuestra. Tenían los ojos muy abiertos y las caras enfermas, llevándose los unos a los otros cogidos por los hombros. Ninguno pareció reparar en mi presencia. Un constante goteo de hombres comenzó a manchar el camino de soldados desharrapados y muertos de miedo a los que los de los caballos no pudieron parar. No sabía qué podía ser aquello de lo que huían, pero debía ser terrible si no se detenían ni a punta de pistola.

Un poco más adelante llegamos a lo que parecía el lecho de un río. El canal estaba completamente seco y la tierra cuarteada rezumaba aún más polvo. En lo alto algún ave de rapiña anticipaba el banquete. Los soldados a caballo se dividieron en dos columnas entre las cuales seguía pasando la hilera de hombres heridos en cuerpos y mentes. Salieron al trote dejándome solo con el olor a miedo, a sangre y a muerte incrustado en el hocico.

Sobre el galope de los caballos, que se convirtió en un redoble rapidísimo que hacía temblar la tierra, empezaron a escucharse estallidos que procedían de lo alto, de ambas orillas del cauce del río. Entre la nube de polvo veía caer caballos y hombres entre explosiones y relinchos, gritos desgarrados y llamadas al repliegue. Sable en mano, todos aquellos valientes atacaban a un enemigo invisible que desde su refugio jugaba al tiro al blanco con ellos.

Los hombres de los caballos regresaron al rato hasta donde yo me encontraba. Estaban cubiertos de tierra y sudor, con las guerreras abiertas y los sables y ropas manchados de una sangre rojísima. No tardaron en cargar de nuevo, dejándome otra vez solo entre una nube amarronada que mi afilado hocico hendía para tratar de ver la suerte que corrían los soldados. Por el lecho del río cruzaban mulas y caballos cargados de heridos, y de cuando en cuando algún pobre desgraciado se dejaba caer para nunca más levantarse.

Esta vez volvieron muchos menos. Sudaban y gritaban sobre las bestias, que tenían las bocas llenas de espumarajos blanquecinos. Pararon un momento, se reagruparon, y picaron espuelas otra vez en busca de ese enemigo invisible que los estaba matando uno a uno.

No recuerdo cuántas veces lo hicieron, pero a cada vuelta volvían a formar cara al enemigo cubriendo la huida de los heridos. Una vez. Y luego otra. Y luego otra. Al final sólo serían unos setenta los que, con la mirada perdida y las mandíbulas apretadas, formaron por última vez palmeando los lomos de sus monturas tratando de insuflarles una energía que ninguno tenía ya. Jamás se me olvidará cómo uno de los caballos, al ver que le colocaban de nuevo frente al enemigo, perdió la fuerza de las patas y se dejó caer a un lado tirando a su jinete. Pude oler su muerte antes de que su cabeza tocase el suelo.

Entre el polvo y la sangre un sable se alzó llamando a la última carga. Poco a poco los cascos de los caballos empezaron a moverse lentamente hasta adquirir una triste trote que desde luego no serviría de nada frente a los disparos. Sin embargo todos siguieron adelante mostrando una lealtad que creía sólo posible en nosotros, los perros. Fue esa la razón que me llevó a dejar de lado mis miedos y, por encima de explosiones, sangre, cadáveres y muerte, acompañar a esos valientes para descubrir quién era ese enemigo invisible que había acabado con el Regimiento de Caballería Cazadores de Alcántara.

 

Foto de portada: ©Susiwusi

 

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