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El peón de la tríada

Resoplando tras la carrera, el joven descansaba un instante con el oído atento  para escuchar por encima del tronar de sus latidos los pasos de sus perseguidores. Tenía las manos crispadas alrededor de la bolsa en la que había metido el botín, pues era su acceso a un estamento superior dentro de la miseria de la ciudad oscura. Estaba tan asustado que el pestilente olor del canal de desagüe lleno de heces apenas le molestaba, en parte porque no era la primera vez que tenía que revolcarse por el suelo para luchar por su vida. Un viejo cañón de la época colonial le escondía de la escasa luz de los fluorescentes y no había nadie cerca que pudiera delatarle. Todo iba a salir bien.

El momento del ataque había sido elegido cuidadosamente, asomados él y su compañero al ventanuco del prostíbulo esperando que el estruendo de los motores del avión aterrizando amortiguase el sonido de los disparos. El cercano aeropuerto tenía esas ventajas, aunque había impedido crecer a la urbe por riesgo de que las aeronaves chocasen contra los edificios más altos. Incluso las tríadas habían acatado esa decisión dejando de lado sus luchas de poder. Los líderes de las mafias que controlaban la ciudad amurallada de Kowloon se repartían el territorio en una paz ilusoria que en teoría impedía los ataques entre bandas rivales. En teoría. Si algún buscafortunas sin escrúpulos decidía robar en territorio enemigo nadie iba a impedírselo, pero tampoco recibiría protección de sus superiores. Al menos oficialmente. Por ello pocos se atrevían a saltarse las normas, aunque los más jóvenes sabían que era la mejor manera de ser aceptado como nuevo recluta por una tríada. Esa simple razón era la que había llevado a Shaoran a encontrarse escondido bajo una de las antiguas piezas de artillería de Kowloon con la camiseta rasgada y los sesos de la rata que había pisado en su huida resbalando entre los dedos de su pie descalzo.

Con las manos todavía temblorosas por la fuerza de retroceso de su arma, el joven afilaba el oído esperando una reacción que no llegaba. No podía haber dejado muy atrás a los tres hombres que habían respondido a sus disparos. La voz de alarma ya habría corrido por toda la ciudad y probablemente todas las salidas estarían guardadas por mercenarios de la tríada a la que había atacado.

Shaoran nunca había matado a nadie. Se había peleado muchas veces, incluso llegó a tirar en una ocasión a otro chico de un piso a otro de la ciudad, pero nunca había sido alguien demasiado violento… sin embargo eso no le había impedido abrir fuego contra cinco hombres que disfrutaban de los servicios de uno de los muchos burdeles clandestinos de la ciudad. Enlai, su compañero en el asalto, había accedido el primero al interior de la habitación y ese había sido su error. Un disparo había acabado con su vida nada más cruzar la ventana, dejando a Shaoran la oportunidad de vengarle y coger la bolsa con la recaudación del prostíbulo. Los gritos de las chicas y el estruendo del tiroteo habían llamado la atención de toda la manzana obligándole a abandonar el cadáver de Enlai en aquel infierno.

Debía pensar en la mejor forma de escabullirse de allí y regresar a su guarida. Era consciente de que hasta que las cosas se calmasen cualquier persona era sospechosa y si le cogían pagaría cara su osadía. Tenía que moverse, y rápido. Agazapado como uno de los gatos que cazaba para vender a las tiendas locales, Shaoran se levantó sigilosamente tratando de anticiparse al peligro. Sabía por dónde tenía que huir, había nacido en aquel amasijo de cables y oscuridad y lo conocía bien. Su meta era el patio del señor Koon, el dentista. Luego treparía hasta la azotea del octavo piso y después se dejaría caer hacia la escalera norte. Una vez allí todo debería ser más fácil pues aquel era el final del territorio de la mafia a la que había robado. Sólo quedaba esperar que los líderes de la tríada rival viesen con buenos ojos reclutar a un chico de apenas trece años de edad.

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