Decenas, cientos, miles, millones de seguidores. Todas sus cuentas eran un éxito ya fuese en TikTok, Instragram o Facebook. De ahí pasó a las mentorías, a los cursos online y en vivo, a los libros y conferencias. Todo para sacar el dinero a infelices que creían que él podría darles la receta del éxito, la abundancia y la felicidad. Todo sin saber que él, tras la máscara dorada que las redes sociales le otorgaban, era igual de parguela que ellos.
Su historia comenzó, como la de tantos otros, movida por un impulso negativo, ruin y mezquino: la envidia. En esas mismas redes sociales que él utilizaba ahora para embaucar a otros, veía a hombres y mujeres de éxito que enseñaban sus opulentos modos de vida, sus paseos por playas privadas, las cenas en restaurantes caros y fiestas en reservados. Él, que siempre había sido un chico apocado, flacucho y sin gracia ninguna para hablar con las mujeres, sabía que jamás podría tener esa vida; sin embargo sí había algo que podía hacer: fingirlo.
Un buen día decidió comenzar su experimento con una cuenta de TikTok. Sabía que en las redes la verdad no era requisito para triunfar y que hasta un parguela como él podría engañar a la cámara, por lo que se puso una camisa, se cortó el pelo y probó con consejos simples sobre cómo hablar con chicas que había leído en algún post de internet. Al ver que no tenía éxito decidió ir un paso más allá: alquiló un deportivo para grabar un video en el que supuestamente llegaba a una cita con una modelo. La publicación explotó.
No hubo vuelta atrás: el éxito de la mentira era tal que la apuesta se fue doblando una y otra y otra vez. Frases vacías y consejos de trilero se engrandecían rodeados de nuevas modelos que simulaban ser sus conquistas. Nunca repetía chicas, así parecía todo un donjuán. Con los primeros ingresos por visualizaciones pagó sesiones en bares de lujo en los que fingía ser el centro de atención. Después pasó a apartamentos en la playa, suites de hotel, aviones privados… lo que hiciese falta para que incautos sin autoestima le pidieran más y más a base de clics.
Detrás de las cámaras, sin embargo, la verdad era otra. Pese a los comentarios que le decían que querían ser como él, seguía siendo el mismo chico solitario de siempre. No tenía amigos, sus miedos seguían apareciendo cada vez que tenía que interactuar con alguien, y las chicas con las que “ligaba” desaparecían tan pronto terminaba la grabación. Mientras la fachada brillaba, las grietas se hacían poco a poco más visibles. En un video, su mirada se perdía mientras daba el decálogo de la confianza en uno mismo. En otro la cara de asco de la modelo cuando le cogía por la cintura era evidente. Y su audiencia, ciega ante la verdad, lo elevaba como un símbolo de éxito mientras él se hundía cada vez más en su propia mentira.
Su huida hacia delante se tradujo en cursos y mentorías que le hacían sufrir con cada saludo, incapaz de controlar su miedo a interactuar con otras personas. Al verse acorralado recurrió a contratar actores que le daban salidas rápidas en sus charlas, y chicas a las que conquistar con cuatro frases delante de la audiencia.
Con el tiempo consiguió hacerse un nombre y ganar dinero, vender mercancía averiada y valores sin ningún valor. Cuando las luces se apagaban y la cámara no estaba grabando se echaba a llorar acorralado por su propio éxito. En la pantalla era un joven triunfador, con labia y contactos, pero en la vida real era el mismo parguela de siempre.
Foto de portada: ©Pexels
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