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El organista

Resonaban piedra y madera. El rosetón y las vidrieras, y los santos, y el púlpito. Resonaba bello y puro, majestuoso y redentor. Resonaba a la gloria de Dios.

Los ecos del último acorde de la obra rebotaron una y otra vez entre las columnas, asombrando todavía más a los oyentes, que sabían que estaban asistiendo a algo especial. El templo vibraba con cada pulsación del órgano, acompañando a los tubos en su delicioso quehacer bajo las órdenes del organista. Sublime música iba desgranándose en el tiempo, infinita en su elevación hacia el altísimo, alabándole y honrándole en cada articulación. Una pieza tras otra, todas a honor y gloria de Cristo, se sucedían sin apenas descanso para los aplausos en un éxtasis similar al que debieron de sentir los apóstoles en Pentecostés.

Abajo, en las bancadas, el público miraba anonadado al organista, su organista, pues era el titular del templo. Había ganado la plaza hacía más de treinta años contra centenares de candidatos, recibiendo grandes elogios del jurado. Organista titular de Notre Dame en París, un sueño hecho realidad.

Louis Vierne se afanaba sudoroso en su asiento, alternando manos y pies en una complicada fuga de Bach. Era junio y el calor apretaba, haciéndosele trabajoso el respirar. Jadeando siguió con el concierto, pues tocar era el remedio para sus males, para disgustos y sinsabores acumulados a lo largo de su vida. La música le evitaba pensar en su ceguera casi total; en los diecinueve años como colaborador en el Conservatorio de París sin lograr una plaza en propiedad; en la pérdida de su primogénito en la Gran Guerra… El viejo organista sólo lograba encontrar consuelo en Dios. A él elevaba sus rezos y por él tocaba.

Una vida dedicada a Dios y a la música. Ese sería su legado. Entre obra y obra se pasaba la mano por la frente, se retocaba el bigote y preparaba la siguiente partitura. Estaba cansado y el corazón le latía más rápido de lo normal, pero tenía que seguir con el concierto. Como cuando componía sus sinfonías para órgano. O sus fantasías. O sus piezas de cámara. Incluso cuando improvisaba ayudado por una intuición divina que llevaba sus dedos y las puntas de sus pies a una suerte de mágica resolución que no podía ser sino voluntad del Creador.

Los aplausos crecían desde abajo, asomado al balconcillo en el que el teclado guardaba los secretos del funcionamiento de esa obra de ingeniería fantástica que era el órgano. Los mecanismos, el aire atravesando las lengüetas para dar forma al sonido, las decenas de registros bailando entre melodías… Aquel maravilloso instrumento gemía y lloraba, reía y cantaba con un simple movimiento de sus dedos; esos dedos que tantas horas habían acariciado los teclados de la catedral sonora del primer templo de París.

Cuando la ovación terminó supo que algo no andaba bien. Debía seguir tocando, atacar la siguiente pieza para mantener el embelesamiento del público y no deshacer la atmósfera. El incienso se acomodaba en sus pulmones mientras respiraba hondo intentando continuar. La música sonó meliflua y etérea por un instante, delicada entre los altares y cristos de Notre Dame, para después desmoronarse en un sonido pútrido que terminó en un seco golpe y una nota tenida llamando a la alarma.

Había sufrido un ataque. El último. Tocando música, como siempre había querido, en aquel templo al que consideraba su propia casa.

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