Abrir los ojos rodeado de agua siempre es una sensación extraña. Si a eso se le suma la deshidratación, las marcas de la improvisada balsa en la espalda, el terror del naufragio y el hambre, la experiencia puede volverse totalmente insoportable. Por suerte, acercándose con el vaivén de las olas, se agrandaba la silueta de una isla.
Ya la había visto con las últimas luces del día anterior, bordeando el atardecer, y hacia ella había braceado hasta que las fuerzas le abandonaron. Ahora podía apreciar sus contornos perfectamente, con sus acantilados, sus playas y la vegetación que parecía prometer un futuro seguro.
La corriente hizo el último esfuerzo por él, cargando con su triste figura hasta encallar en la costa, y allí desató toda su alegría. Rio. Tosió. Se arrodilló notando el roce de la arena en sus maltrechas rodillas, y el escozor de la sal del agua en los muslos. Por fin dejaba atrás el tormento de verse atrapado en medio del mar, solo, abandonado a su suerte sin un punto al que poner proa. Sin embargo la alegría le duró muy poco.
Al sumergirse en la foresta, al notar las raíces en los pies y el frescor de la vegetación en el rostro, se dio cuenta de una cosa: la sensación de seguridad que la noche anterior había percibido le abandonaba poco a poco. En la isla se oían animales que le amenazaban, el aire se le atascaba en los pulmones haciéndose denso, y sus ansias de civilización se le hacían pequeñas ante la inmensidad del mar.
De pronto, lo que desde la balsa parecía un lugar en el que descansar, se le volvió de una angustia insoportable. Echaba de menos el movimiento de las olas zarandeando la balsa. De alguna forma la isla le atrapaba más que el mar, cerrándose sobre él hasta derribarle. El aire no le pasaba de la garganta. Empezó a sudar.
Tirado en el suelo se dio cuenta de una realidad que no podía cambiar. Ya fuera en medio del mar o en aquella isla, la muerte le estaría acechando a cada instante. Su muerte era algo seguro. Jamás volvería a encontrarse con otros seres humanos. No volvería a la civilización. Viviría perdido el resto de sus días. Por ello se dio la vuelta y tomó la última decisión de su vida: se levantó, arrancó una rama ancha de un árbol, la subió a su balsa y empujó fuera de los límites de la costa.
Sin mirar atrás enfiló el horizonte armado con su improvisado remo decidido a acabar sus días tratando de encontrar qué habría más allá de la línea azul que separaba cielo y océano. Su destino sería su propio viaje.
Foto de portada: ©Pexels
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Si, ese tío se va a la porra, una balsa, una rama de remo y a vivir la vida.
En este relato se ve bien el final????
Muchas gracias!!!!!
Un abrazo