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El melómano

El móvil se volvía cada vez más pesado en la mano del melómano tras horas mirando la pantalla tumbado en su cama. Los dedos empezaban a hormiguear después de mantener el aparato tanto tiempo sobre su rostro mientras recargaba sus redes sociales anhelando una contestación, sintiéndose satisfecho solamente cuando el icono del mensaje privado le mostraba que una nueva respuesta esperaba. Así llevaba varias semanas, enamorado de las composiciones para piano de un músico con el que se había topado en internet. No lo había buscado y tampoco compartía amistades con él, era el destino el que había querido ponerlo en su camino.

Emocionado, abrió el último mensaje directo —un amable párrafo que contestaba a todas las preguntas que había lanzado con efusiva pasión— deseoso de conocer más del misterioso compositor al que ni siquiera había visto la cara. Su foto de perfil era una clave de sol y el nombre parecía inventado, pero nada de eso podía esconder la pureza de la música que componía y que volaba por internet generosamente donada para que cualquiera pudiera disfrutarla. Lo que más le sorprendía era lo prolífico que era, pues cada semana publicaba una nueva obra de entre diez y veinte minutos de duración; unas veces eran profundas variaciones sobre un romántico tema y otras parecían graciosas caricaturas imitando el estilo de algún compositor famoso. El melómano estaba fascinado.

Tras la última contestación se estiró satisfecho y abrió una nueva pestaña del navegador para escuchar otra pieza más del compositor sin rostro. Por la ventana se filtraban las últimas luces de la tarde a través de la persiana a medio echar, dando a la pequeña habitación un ambiente recogido y sobrio, casi monástico. Aquel era su templo dedicado a la música, y la obra que hacía vibrar el aire la liturgia del momento. Qué afortunado era por vivir en una época tan fantástica, en la que gracias a las redes sociales podía interactuar con grandes artistas como aquel. No sabía su nombre real ni su edad, de dónde era o cómo llevaba el pelo, pero poco importaba. Se sentía muy cercano a esa persona después de tantos chats compartidos y, sobre todo, después de escuchar una y otra vez sus preciosas creaciones. Tanta belleza le encogía el alma de placer.

De pronto el móvil vibró en su mano. Era una vibración agresiva y antinatural que rompía el encanto de la melodía que acariciaba sus tímpanos. Los iconos de sus redes sociales no mostraban ningún cambio por lo que el compositor no había vuelto a escribirle. Era su mail el que tenía un simbolito anunciándole que había un correo que leer. Quizá, con suerte, sería una newsletter informándole de que una nueva pieza había sido subida a la web para que pudiese escucharla. Qué forma tan estupenda de terminar el día. Dispuesto a salir de dudas pulsó la pantalla con su índice notando cómo el corazón le martilleaba ansioso en el pecho.

El segundo que tardó en abrirse la nueva pantalla se le hizo eterno, y a punto estuvo de dar un brinco en la cama al ver que efectivamente el remitente era su amado compositor. Incorporándose con una sonrisa abrió su correspondencia y se dispuso a leer.

El saludo inicial ya le pareció extraño: el tono era mucho más impersonal que en todos los anteriores. Sus ojos volaban por encima de las líneas al tiempo que el aire parecía volverse denso y pesado dentro de sus pulmones. Jadeando, notó cómo un sudor frío perlaba su frente conforme seguía leyendo, atenazando su corazón a medida que llegaba al final.

“…el proyecto COMPOSITOR ha sido todo un éxito, y nuestro bot ha logrado crear veinte obras diferentes desde que lo conectamos, interactuando además con una comunidad de fans que ha llegado a superar los dos mil seguidores en redes sociales y ochocientos suscriptores a la newsletter.”

Con los ojos muy abiertos y sin apenas resuello, el melómano temblaba de pies a cabeza atónito.

“Gracias a todos ustedes el proyecto ha superado nuestras más altas expectativas, y como agradecimiento les enviamos un link de descarga para que puedan obtener totalmente gratis todas las composiciones que el bot ha creado.”

Falso, todo falso. Sus conversaciones, sus ideas, sus sentimientos. Todo lo que él creía humano no era más que el resultado de un complejo programa informático diseñado para componer piezas musicales y contestar las preguntas de ingenuos como él.

“En dos semanas todo rastro del proyecto COMPOSITOR será borrado de internet, sirviendo la experiencia para mejorar los procesos de creación artística y relaciones con humanos de nuestra inteligencia artificial”.

Él, que creía haber encontrado un nuevo referente en un mundo de mediocridad. Él, que se enorgullecía de reconocer voces, tímbricas y versiones con sólo escuchar unos segundos de cualquier obra. Él, que tenía una colección de discos que ocupaba dos paredes completas de su salón, de suelo a techo, horas y horas de música que le encumbraban en el podio moral a la hora de juzgar la calidad de otros.

Él —sollozaba el melómano sin poder evitar las lágrimas—, había sido engañado por un simple ordenador.

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