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El mejor amigo del hombre

Tres de la mañana y sin poder dormir. El discurso se le resistía pese a su dilatada experiencia, su verbo fácil, y sus amplios conocimientos de la ley. La legislación era muy clara: la indemnización máxima a pagar por matar a un animal era de ciento cincuenta dólares, pero aquello era mucho más complicado de lo que a priori parecía. La defensa sostenía que el hombre que había matado a Old Drum advirtió repetidas veces a su dueño de que acabaría con la vida del perro si lo volvía a ver por su finca. Harto de los ataques de los lobos, que amenazaban constantemente a su ganado, había tomado la determinación de disparar sobre cualquier criatura que viese en sus tierras y estaba en su derecho de hacerlo. Por eso al cruzarse el viejo foxhound inglés frente al punto de mira de su escopeta no dudó.

Fue el desconsuelo del dueño del can lo que hizo que George Graham aceptase el caso, conmovido por el cariño que sentía aquel hombre por su animal. George se había tomado tan a pecho la situación que, ante los periodistas que le abordaban sedientos de un jugoso titular, había afirmado que ganaría o se disculparía personalmente con cada perro de Missouri. Toda una declaración de intenciones, habían apostillado las crónicas.

El abogado abrió las ventanas de su despacho para purificar un poco el ambiente, marchito de olor a tabaco y vapores que emanaban de las tres lámparas de aceite que daban luz a la sala. En su mesa varios volúmenes de jurisprudencia parecían haber sido manoseados cientos de veces buscando la argucia con la que inclinar la balanza de la justicia de su lado. Cuatro librerías repletas de libros de todo tipo y un piano que tocaba para distraerse cuando un caso se le atragantaba conformaban el resto de mobiliario, con dos mullidos butacones verdes para las visitas colocados a ambos lados del ventanal. Contrastando con ese derroche de comodidad, el doctor Graham se contentaba con una bonita pero sencilla silla de madera que usaba para trabajar frente al buró. Allí estaba sentado ahora, con la mirada perdida y los brazos cruzados sobre el pecho en busca de la iluminación.

Hastiado de su propia torpeza al afrontar el caso abrió un cajón y extrajo de él un cofrecito lleno de habanos dispuesto a fumarse el enésimo puro de la noche. Después de prenderlo paladeó las primeras caladas embriagado por las volutas de humo que apenas podían escapar de su boca encerradas en su canoso y largo bigote. Entornando los ojos se levantó y paseó por la sala maldiciendo entre dientes, pues le encantaría poder sentarse al piano para dejar su mente vagar entre nocturnos de Chopin –sus favoritos a la hora de evadirse–. Recuerdos de otro tiempo, de la gloriosa época de la Confederación, le asaltaban al verse incapaz de dar con las palabras adecuadas para persuadir al jurado de que la indemnización debía de ser superior a lo estipulado por la ley. Él, ferviente partidario de la causa sureña, ejerció como fiscal pronunciando vehementes discursos, habilidad que le sirvió más tarde para ganarse un puesto dentro del Senado Confederado. ¿Por qué le abandonaba ahora su natural elocuencia? ¿Es que su inteligencia recelaba secretamente de ponerse al servicio de algo tan insignificante como un perro? Porque… ¿qué era un perro al fin y al cabo?

¡Pues claro! ¡Ahí estaba la respuesta!

George lanzó el puro por la ventana ante la sensación de euforia que le embargaba por momentos, la misma que recorría cada pulgada de su ser cuando estaba a punto de ganar un caso. Ese augurio no solía fallarle. No podía lograr la victoria con una disertación sobre la pérdida material que suponía para su dueño la muerte de Old Drum, pues no era más que un viejo foxhound inglés cuyos mejores años hacía mucho que habían pasado. Era la pérdida afectiva, el cariño y la alegría que aportaba el can a su amo, ese amor incondicional e infinito que un perro entrega sin reservas lo que convencería al jurado.

Fuera de sí, George se puso a garabatear en un pliego de papel el borrador del discurso que pronunciaría el día siguiente en el juzgado. En él hablaría de que por muy generoso, amable o servicial que se haya sido con una persona, esta jamás se verá libre de la sombra de la traición. Sí, esa era la clave. Que frente a la ingratitud humana, un perro siempre será leal a su amo.

Caballeros del jurado: –trastabillaba la pluma del abogado intentando seguir el hilo de sus pensamientos– El mejor amigo que un hombre pueda tener, podrá volverse en su contra y convertirse en su enemigo. Su propio hijo o hija, a quienes crió con amor y atenciones infinitas, pueden demostrarle ingratitud. Aquellos que están más cerca de nuestro corazón, aquellos a quienes confiamos nuestra felicidad y buen nombre, pueden convertirse en traidores. El dinero que un hombre pueda tener también podrá perderlo, se volará en el momento que más lo necesite.

Releyéndolo concluyó que era una buena introducción, pero necesitaba algo potente, algo que resumiese en una simple línea la maravillosa nobleza de un perro. Un perro fiel. Un perro como Old Drum. George se quedó un instante mirando con la boca abierta la puerta de su despacho, jugueteando con un botón de su camisa mientras buscaba las palabras adecuadas para hacer justicia al difunto animal. Una sonrisa curvó su enorme bigote al instante. Volviendo a rasgar el papel con su pluma escribió una frase que, sin saberlo, se convertiría en la más famosa de la historia a la hora de referirse a todos los perros del mundo:

El único, absoluto y mejor amigo que tiene el hombre en este mundo egoísta, el único que no lo va a traicionar o negar, es su perro.

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