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El lunes de aguas

El trajín es continuo en el caserón, con al menos doce mujeres acicalándose frente a pequeños espejuelos que van pasando de mano en mano. Es el gran día, por fin la prohibición cae y pueden volver a ejercer su oficio con libertad. La penitencia impuesta por edicto real terminó, y pronto los mancebos más necesitados llegarán a buscarlas para llevarlas de regreso a la ciudad. Esta situación no es nueva para ellas pues desde que el piadoso Felipe II decidió que las prostitutas debían abandonar Salamanca durante la Cuaresma, al terminar el tiempo de abstinencia todos los universitarios cruzaban el Tormes para buscarlas. Por un día las recibían como a reinas: eran las protagonistas de la improvisada fiesta que tenía lugar en la ribera del río.

Esperanza, una chica alta y delgada que tiene buena fama entre los primerizos en temas de meretrices, concreta con el Padre Putas los pormenores del regreso de las mozas a la ciudad. Por lo visto hay más barcas preparadas este año para llevarlas a todas y así no tener que estar esperando. Una forma más de evitar peleas absurdas. No en vano el año anterior hubo varias reyertas entre estudiantes borrachos, y no es plan de que metan a las chicas en líos. Por ello el buen pater ha intentado acordar con los necesitados jóvenes unas reglas mínimas de decoro, que una cosa es montar una bacanal en la orilla del río y otra acabar a navajazos. Al fin y al cabo es el cometido del cura velar por las muchachas a su cargo, y si bien ha permitido algún que otro encuentro furtivo entre universitarios y meretrices –a costa de probar él también la mercancía–, no deja de tomarse su trabajo en serio. Se lleva bien con todas ellas y pese a su pecaminosa forma de vida les tiene aprecio.

El aire comienza a cargarse de aromas dulzones de perfumes y afeites en un mar de melenas repeinadas y brillantes adornos. Es su batalla y preparan sus armas con metódica profesionalidad. Desde la más avezada como Elena, que a sus treinta y dos años es consciente de que su mejor momento pasó y sólo trabaja para sus clientes de toda la vida, hasta las más jóvenes de apenas quince años saben que es su día grande. Todas se arreglan con escotes pronunciados, enaguas de encaje y faldas fáciles de levantar, pues la necesidad apremia y los clientes no se andarán con remilgos a la hora de desnudarlas. La que mejor lo tiene para eso es Salomé, una joven de tez morena y ojos de abenuz que deja caer su pelo como una cascada negra y rizada por la espalda, vendiéndose como la exótica hija de unos conversos africanos. Su escaso vestuario de pieles atigradas llama la atención entre las meretrices, aunque dentro del gremio todas saben que es de un pueblito de Sevilla, que su padre está en la cárcel por robar ganado, y que en realidad se llama Francisca. Paqui para las amigas.

Cuando ya están todas listas Esperanza, que lleva la voz cantante, se asoma a la ventana para hacerle una seña al pater, que lleva la cuenta de las mujeres que ya están listas dentro de cada casa del arrabal del puente. En la orilla contraria del Tormes ya empieza a agolparse la muchedumbre y algunos de los estudiantes comienzan a subirse a las barcas para recuperar a sus chicas y dar fin a un mes de templanza forzada. El cura sonríe a Esperanza, que espera con un gesto estoico el momento de entrar en acción. No es un trabajo fácil, pero es su trabajo. Con un poco de suerte podrá sacar un buen dinero durante la jornada, bebiendo vino y comiendo hornazo hasta hartarse. La ventaja de tanto joven con ganas de carne es que ninguna tendrá que aguantar clientela indeseable. Hoy mandan ellas.

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