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El inquisidor

Míralos ahí, sentados a la espera de una cadencia perfecta. De un primero-cuarto-quinto-primero. Enfermos de clasicismo, de círculos de quintas y de claves bien temperados. Porque están enfermos, no hay otra explicación. Lo mejor que se puede hacer con el clave bien temperado es una barbacoa.

Yo no puedo con tantas melindreces. ¿Qué hay de nuevo en algo que ya hemos escuchado cientos y cientos de veces? Oh, pero la forma cambia, el poema sinfónico, la rapsodia, eso rompe los cánones clásicos… ¡una bofetada epistemológica te daba yo, cateto! El público no debería salir sonriendo de los conciertos, debería salir trastocado emocionalmente, en éxtasis, con ganas de vomitar, de llorar, de… de… de no aplaudir por la falta de aire.

Ese idiota, ese, el que está esperando justo al final de cada obra para ser el primero en lanzase a batir palmas como una foca en el acuario y demostrar que conoce la partitura. Eso no podría ocurrir si la obra fuese nueva cada vez, con un lenguaje desconocido y códigos por descubrir. Eso sí que es arte, arte de verdad, del que te desgarra por dentro y te obliga a mirarte en el espejo de tu propia decrepitud.

La música antigua —y por antigua me refiero a la que va de Pierrot Lunaire para atrás— no logra eso. La actual, la de verdad, la que no se baila ni se tararea, esa sí que lo consigue. Te pone los pelos de punta y te lleva a gritar sin saber muy bien si es de alegría o de dolor. Eso quiero. Eso es lo que vale. El resto son todo ruidos acompasados como los pitidos de la lavadora.

Me acuerdo cuando yo también estaba equivocado y mis profesores me decían que no podían enseñarme a Boulez o a Stockhausen porque eran muy complicados. No son complicados, es que ellos no los entendían. Y eso les asustaba. Siempre lo complicado asusta, como a los niños pequeños. Porque ver un artista golpear un piano en vez de tocar sus teclas con delicadeza puede asustar por la violencia, por el daño que se le hace al instrumento. Una bola de demolición sería el summum de la emoción para mí. Débiles, que son unos débiles. Así va el mundo, con mentalidades blandas que no son capaces de aguantar la verdadera música con entereza.

Yo quemé una vez una partitura de Brahms en una audición. Había que purgar el auditorio y esa fue la mejor manera que tuve de hacerlo. Melodías… ¿quién las necesita? Golpes de sonido en el pecho, corazones latiendo como si tuvieran un helicóptero dentro, ¡eso es vivir! La música no está para adornar los salones como si de una figurita Art Nouveau se tratase. La música está para arrancarte sensaciones de la piel con un escalpelo invisible; y la que no lo consiga, la que no te rasgue el alma hasta dejártela hecha jirones en el suelo, no sirve.

Eso es la música, y lo demás es ruido bonito y ordenado para personas cobardes. Es papel pintado en el aire. Decorado de papel cartón para cine comercial. Y yo no he venido a este mundo para decorarlo.

 

Foto de portada: ©Pexels

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