Lo siento. O no, qué narices. No lo siento. Los odio y no tengo absolutamente nada por lo que disculparme.
A todos. Los odio a todos. Me da igual lo que digan. ¿Bruckner? Un pestiño que no hace más que desarrollar y desarrollar sin llegar a ninguna parte. ¿Mahler? Un compositorzucho con ínfulas que sólo repite motivos entre sinfonías sin ninguna originalidad. ¿Wagner? No me hagas reír…
Ah, pero en cuanto llegas al círculo de musicólogos de turno todo son loas y alabanzas. Que si la riqueza rítmica, que si el uso de la paleta sonora, que si el leitmotiv… Infumables todos. Y yo ahí en medio. Con mi cátedra a cuestas pareciendo una cruz, mi tesis sobre Gluck como estandarte y la espalda bien cubierta para recibir las críticas por mi falta de gusto.
Viejo, me dicen. Que estoy viejo. Que no tengo sensibilidad por lo moderno, como si Wagner, que murió hace más de ciento cincuenta años, hubiera compuesto Tristán e Isolda ayer. Que también hay que fastidiarse.
Sin embargo lo peor no son las maledicencias de mis compañeros o el ostracismo al que me condenan en simposios y conferencias. Que va. Lo peor es que yo amo la música. Vivo por y para ella. Y raro es el concierto en el que no me encuentre alguna obra de esta panda de tuercesíncopas que me amargue la escucha. Porque no puedo abandonar la sala sin más, a mí me invitan a estas cosas. No. Tengo que sentarme ahí, aguantar esos interminables lamentos orquestales, y luego aplaudir como si nada.
Sé que mis gustos me convierten en un hereje, en un proscrito entre mis pares, pero no puedo evitarlo. Me aburre la impostada profundidad de Schumann, oh pobre genio enfermo e incomprendido; la falsa revolución de Beethoven; el atildado complejo sinfónico de Brahms. Es demasiado. Demasiados instrumentos, demasiado ruido, demasiada búsqueda de algo que es mucho más simple y que ya se había conseguido cientos de años antes.
Menos es más.
Eso le digo a mis alumnos, el último reducto de libertad que me queda en un mundo de esnobs postmodernistas. Formas sencillas, melodías simples —en el buen sentido—. Orden. Gusto. Clase.
Todo en su sitio, ni una nota más de la que debe estar escrita en la partitura. Matemático. Eficaz. Ya les gustaría a esos bárbaros del otro lado del limes del diecinueve hacer lo que sus antepasados hacían con apenas veinte músicos. Ya les gustaría.
Claro que entonces no se necesitaban cien páginas de programa de mano para entender una sinfonía. Bastaba con escuchar.
Foto de portada: ©Pexels
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Olé!!!! Sencillez, orden… Suena bien.
Yo como tengo orejas, que no oídos, todo me parece bien.
Tuve un jefe que me decía….. Proyecto ordenado, limpio y sencillo, era proyecto bueno.
Buen relato de domingo.
Un abrazo