En la tienda de Chus todos los viernes hay barullo. A eso de las cinco y media de la tarde empiezan a llegar los habituales con sus mochilas llenas y las mentes burbujeantes. Llevan toda la semana pensando en su estrategia, en cómo variar el planteamiento si les toca enfrentarse a Necrones o Tau. Si su mazo funcionará bien frente a Boros o Golgari. Miniaturas, cartas y una pizca de suerte.
Warhammer cuarenta mil y Magic. A eso se juega los viernes en la tienda de Chus. No Pokémon. No Yu-Gi-Oh. ¿Lorcana? Por favor, esta es una tienda seria, dice cuando alguien le pregunta si vende el juego de cartas de Disney. Eso sí que sería fantasía.
En una de las mesas ya está preparado el combate entre Ángeles Sangrientos y los Aeldari. Tiene pinta de estar igualado porque tanto Dolfo como Pit son dos consumados jugadores capaces de sacar lo mejor de sus ejércitos. Por eso tienen público, con Dani, Jota, Eze y Juan como principales espectadores.
— Esto es por estar desaparecido —estalla en risas Pit tras destrozar el flanco derecho de Dolfo con un ataque relámpago de sus xenos.
— Sí, macho, nos quedamos sin poder jugar el supercampeonato de Magic por tu culpa.
Los reproches eran habituales cuando alguno de ellos faltaba sin avisar, y Dolfo llevaba tres semanas completamente desconectado de su sagrada obligación. Sus compañeros de hobby no se lo perdonaban.
— Y todavía no nos has dicho por qué has estado tres semanas fuera.
— Bueno, yo…
Dolfo duda. Hasta ahora siempre ha conseguido esquivar el tema, pero parece que su suerte ha cambiado.
— ¿Algo familiar?
— ¿De trabajo?
— Bueno…
— Ahora que lo pienso —dice Eze—, tú ¿a qué te dedicas?
La partida se para y todos se quedan mirando a Dolfo como si acabaran de verle por primera vez. Llevan años quedando para jugar juntos y por primera vez se plantean lo poco que saben de su compañero de aventuras. Ni si tiene familia, ni si trabaja, ni nada de nada. Saben que se llamaba Adolfo, y de ahí el mote. Nada más.
— Ya que preguntáis… era por trabajo —suspira y se encoje de hombros—. Estas tres semanas he estado de gira.
Un silencio se asienta alrededor del campo de batalla anulando los sonidos de bolters y pistolas de plasma. Hay ceños fruncidos y gestos de incomprensión.
— ¿De gira?
— ¿A dónde?
— ¿Con quién?
— ¿Eres músico?
Las preguntas se amontonan como si imitaran el estruendo de la guerra que se acaba de detener.
— Sí, soy músico —resopla con gesto resignado—. Hago música electrónica y me fui de gira por toda Europa. Quince conciertos en tres semanas.
— ¿Quince conciertos?
— Pero entonces eres… ¿famoso o algo así?
Toda la tienda se ha ido arremolinando alrededor de Adolfo. Treinta personas de entre quince y cuarenta años mirándole.
— Pues… este año es la tercera vez que participo en Tomorrowland…
Su público se mira con caras de incomprensión hasta que uno saca el móvil y le enseña una foto de los gigantescos decorados del festival.
— Espera… ¿este Tomorrowland?
— Sí —responde encogiéndose de hombros.
— ¡Pero sí allí sólo pinchan los más grandes! David Guetta, Martin Garrix, Armin van Buuren, DLF…
— Es que… —a Adolfo se le escapa una risita nerviosa—. Es que yo soy DLF. Adolfo, DLF.
Entonces Adolfo se acerca a su mochila, saca una sudadera y un pañuelo blancos y se los pone de forma que sólo sus ojos queden a la vista. Es su uniforme de trabajo. El traje que le ayuda a pasar de Adolfo Gutiérrez a DLF.
La tienda entera mira de nuevo al único que parece conocer algo de música electrónica, que ha abierto mucho los ojos.
— ¡Eres una estrella mundial!
Todos están callados, haciendo que Adolfo se remueva en su sitio. Como si temiese esa reacción.
— Bueno pues… —termina por romper el silencio Pit colocando la regla sobe el tablero de juego—. Mis Aeldari se fan a follar a los Ángeles Sangrientos de una estrella mundial. Venga, que te toca tirar.
Y con esa simple frase el grupo se disolvió. El murmullo de los dados al rodar por el tapete sobre las risas y quejas llenó de nuevo en la tienda.
Y DLF se volvió a convertir en Dolfo.
Foto de portada: ©Pexels
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