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El final roto

“Y entonces se dio cuenta de que”

 

La frase todavía seguía atormentándole por las noches. No la frase en sí, sino su falta de final. El bloqueo absoluto que había supuesto el fin de su carrera como escritor. Una carrera terminada en lo más alto, pero acabada a fin de cuentas. Y nadie parecía haberse dado cuenta.

A decir verdad toda la novela había sido un suplicio, desde la trama hasta los personajes, del tono al ritmo, cada línea escrita en las ciento ochenta y tres páginas le había costado más que nunca. Por muy premonitorio que fuese, jamás pensó que llegaría a esa frase en la que su protagonista se tenía que dar cuenta de algo sin poder darle una solución.

En un principio achacó el blancazo a algo temporal. Un bache de inspiración que pasaría. Pronto se dio cuenta de su error, y entonces fue cuando entró en pánico.

Otras veces, cuando le pasaba algo así, recurría a la lectura, a los paseos e incluso a los viajes. Dickens, Dumas, Conrad; una conversación robada a una pareja en un parque, un niño corriendo detrás de un perro; una catedral, una carretera, un hotel, un bar. Siempre algo terminaba por darle la pista sobre la que seguir su pesquisa novelística. Esta vez nada le habló. Se había quedado completamente sordo, incapaz de convertir una experiencia en una idea que plasmar sobre el papel.

El verdadero problema llegó cuando su editor empezó a presionarle. Cuándo podremos leer el siguiente manuscrito, envíame algo aunque no esté terminado, necesito saber cómo enfocar la siguiente campaña de publicidad, reserva de espacios para la presentación, la imprenta, etc. Al final, tras dos meses de respuestas esquivas y cegado por el whisky, le envió un correo sin asunto ni palabra alguna: sólo un archivo de texto con las ciento ochenta y tres páginas que terminaban en ese «que» abrupto sin siquiera tres puntos suspensivos como continuación. Cerró su portátil, brindó por su derrota y se fue a dormir.

Dos días más tarde llegó la respuesta, y nada en el mundo le podría haber preparado para ella: en la editorial estaban encantados. El ritmo de la novela era perfecto, acelerándose sin sentido ni motivo hasta el abrupto final en el que todo quedaba en manos del lector. ¿De qué tenía que darse cuenta el protagonista? ¿qué haría después? Ese final abierto, roto, quebrado de todo sentido, era una revolución, un hito a la altura de la magdalena de Proust o el Aleph de Borges.

Meses más tarde cientos de copias del libro llenaban los anaqueles de las principales librerías del país. Miles de ejemplos de su fracaso enmascarados como genialidad que los entendidos ensalzaron con grandes palabras. La crítica de un hombre contra una sociedad que lo asfixia, abría la doble página que le dedicaron en un diario; esto es literatura, cerraba otra reseña. Y en medio de toda aquella farsa, la negativa constante del autor a ofrecer entrevistas, responder preguntas o hacer presentaciones.

La editorial entendió que el silencio era el mejor cómplice para ese final roto; una excentricidad propia de un genio que el resto de mortales era incapaz de comprender, y así lo hizo saber a los medios interesados en la novela, que a su vez ensalzaron esa creatividad indomable capaz de engendrar una obra maestra de la literatura y luego no querer recoger los frutos del éxito. La palabra Nobel empezó a verse junto a su nombre.

Nadie fue capaz de comprender la realidad. Que la pila de la creación se le había agotado. Que su carrera estaba amortizada y cada palabra elevada sólo era un clavo más en el ataúd de su amor propio. Nadie supo ver eso. Nadie se dio cuenta de que

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «El final roto»

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