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El fantasma de las hostias futuras

El bar de Antonio parece más frío que otras veces. Está completamente vacío salvo por una mesa en la que Marcos y Laura aguantan como héroes homéricos ante la tempestad coronavírica.

— Antonio, otra.
— ¡Marchando!

La voz de Laura está tocada por el catarro. Un catarro normal, de los que cualquier otro año sería motivo de no arrimarse mucho y ya está, pero en plena pandemia…

— Y así estoy, hasta los mismísimos del catarro. Que estornudas en el supermercado y todo Cristo da dos pasos pa’ atrás.
— Te entiendo perfectamente.
— Y lo peor es lo que viene.

Antonio llega con su mascarilla de colorines cosida por su mujer. Trae dos cañas —ha visto que Marcos tiene la suya en las últimas—, un pocillo de olivas y altramuces. Espera a que el joven apure el vaso, le acerca la bandeja para que lo pose encima, y se marcha con los ojillos sonrientes.

— Pintan bastos —bebe Laura.
— Y las hostias se esperan como panes.
— Bueno, hostias ya estamos teniendo.
— Pero esas son las del pasado —bebe Marcos ahora, dejándose la sombra del bigote llena de espuma. No se ha afeitado—. Las del futuro son las buenas.
— Y las del presente —señala el bar vacío.
— Y las del presente.

Toma una aceituna Laura en lo que Marcos ataca a los altramuces a pares. La pausa continua mientras molean los encurtidos hasta que ella sonríe de medio lado.

— Parecen los fantasmas de Dickens.
— ¿Qué?
— Las hostias. Las hostias pasadas, las presentes y las futuras.
— Como los fantasmas.

Laura le guiña el ojo mientras coge otra aceituna.

— Pues sí, un poco —se rasca el mentón Marcos—. Aunque no aparecen en Nochebuena.
— No, mi querido Ebenezer, los fantasmas de las hostias son más cabrones. Esos nos sobrevuelan siempre esperando el mejor momento para dar en t’os los hocicos.
— ¿Como con el último zagal?
— Ese es el fantasma de las hostias futuras, que le veo venir.

Marcos sube las cejas en lo que apura la espuma.

— ¿Sabes que la espuma de la cerveza tiene nombre?
— ¿Y eso a qué viene ahora?
— A que te conozco y sé cuándo hay que cambiar de tema.

Los ojos de Laura dan un par de vueltas en sus cuencas y después su diestra señala la cerveza.

— A ver, listo, di.
— Giste —los ojos bonachones de Antonio han aparecido otra vez cerca y su voz se escucha velada tras la mascarilla—. Se llama giste. Y tenemos que cerrar en quince minutos, chicos, os voy a tener que pedir que vayáis apurando.

Marcos y Laura asienten y se beben lo que queda de sus cañas de un trago. No dicen nada más. Se levantan en silencio y se acercan a la caja, donde pagan dejando una generosa propina. Después se enfundan las mascarillas y salen del bar con Antonio detrás de ellos para dejar la trapa medio echada. Tampoco es que vaya a entrar nadie, pero la costumbre es la costumbre.

Una vez fuera los dos se paran y se miran.

— Pues el fantasma de las hostias presentes se está hinchando.
— Y que lo digas.

Chocan los codos.

— Hasta la próxima.
— Cuídate, y si necesitas algo me dices.
— Descuida.

Media hora más tarde, en ese mismo sitio, Antonio baja la persiana sin saber hasta cuándo podrá levantarla.

 

Foto de portada: ©aiacPL

 

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1 comentario en “El fantasma de las hostias futuras”

  1. Si…cerrar es una pena….pero cuando conoces a los que enferman…un escalofrío recorre tu cuerpo y…tomas tu temperatura …..Los contagiados se preguntan …cómo?…

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