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El exorcista

Paseo por la ciudad hasta dar con la calle que aparecía en los documentos del arzobispado. Al parecer la cosa es seria y quieren que eche un vistazo para ver si lo ocurrido es cosa del Demonio o no. Desde que me ordené sacerdote supe que lo mío no eran la monserga dominical y los pecadillos de segunda. Yo creo que en este mundo hay dos fuerzas antagónicas que luchan cada día a través de nuestros actos, y decidí encaminar los míos a la primera fila de la batalla. Por eso me convertí en exorcista. Por eso me envían a esta casa.

Ya nada más entrar al portal siento una presencia extraña en el edificio. No necesariamente maligna, pero sí fuera de lugar. Llevo demasiados años en esto como para no notarlo. La vivienda es antigua, con tres plantas y pocos vecinos. La escalera, vieja y de madera, rechina mucho según asciendo. Como si intentase echarme de aquí.

Al parecer algunos vecinos han desaparecido en extrañas circunstancias, o así dice el informe que me han entregado mis superiores. Hay investigación policial en marcha pero todavía no se sabe mucho al respecto, de modo que no debo sacar conclusiones precipitadas. Mucha gente piensa que lo de ser exorcista es llevar el crucifijo en una mano y oler a azufre, pero mi trabajo tiene más de novela negra de lo que parece: yo soy el detective que va a resolver el caso.

Antes he dicho que me hice exorcista por participar en la guerra entre el Bien y el Mal. Nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales, dice la Biblia. Yo he visto lo que ocurre cuando no se da la batalla, y sé que pagaré el precio de no haberla dado en su momento.

Me acuerdo de su pelo canoso, escaso y corto, con una nube tóxica de laca a su alrededor. Mi abuela era la encarnación misma del demonio, siempre intentando hacer la vida imposible a todo aquel que estuviese cerca de ella. Ocho cuidadoras, cuatro médicos y tres hijos fueron pasando a través de su vejez sin querer rozarla más de lo debido: su ponzoña envenenaba cuerpos y almas, quitando las ganas de vivir. Recuerdo sus manos, mustias y afiladas como garras aferradas a su bastón, y su sonrisa macabra, como un tajo dado en piel seca que se estiraba más y más conforme aumentaba su malicia. Y me acuerdo de cómo, cuando fui a darle la extremaunción, con un apagado quejido de voz, dijo que me preparase, que aún no había terminado conmigo. Murió al día siguiente.

Desde entonces cada vez que me llaman acudo con la idea de encontrármela, pues sé que me está esperando en algún recodo del camino para hacerme la vida imposible. Por eso subo hasta el tercer piso de este edificio y me acerco con cautela a la puerta de la antigua casa del portero, donde ya no vive nadie pero en cuyo interior los vecinos dicen que oyen ruidos siniestros. Puede que mi abuela esté esperándome al otro lado para ajustar cuentas de una vez y para siempre.

 

Foto de portada: ©Sabine van Erp

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