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El espejo de tu habitación

El frío en los brazos, frío de hielo quemándote la piel. El frío del agua corriendo rápida entre tus pies, helando tus dedos haciéndolos temblar. Y el frío del aire, gélido, zarandeando tu pelo en la oscuridad. A los tres fríos les acompaña otro, el cuarto, el peor de todos ellos; el que nace en tu interior. Paralizándote, impidiéndote cualquier movimiento. Este frío es el frío del miedo.

Todo sombras, todo negro a tu alrededor, sin poder ver nada salvo los ojos plateados que acuchillan la negrura aterrándote mientras se acercan. Hueles el frío que proviene de ese ser invisible, de esa figura sin rostro que acecha sin parpadear. Quieres gritar y no puedes. Estás atrapado. Sabes que vas a morir.

Te despiertas entre la noche bruscamente, revolviéndote entre las sabanas empapadas de sudor. Ha sido sólo una pesadilla, afortunadamente. En pocos instantes la olvidas, y para cuando palpas a tientas buscando la luz de lámpara que tienes en la mesilla los centelleantes ojos de plata se han perdido en tu memoria. Obviamente en tu cuarto no hay nada sobrenatural, solamente el armario, el espejo, la cómoda y la ropa doblada sobre una silla, metódicamente preparada para no perder tiempo cuando suene el despertador. Te preguntas qué era lo que tanto pavor te causaba, pero no consigues recordarlo. Miras el reloj y compruebas aliviado que todavía tienes un par de horas para poder dormir antes de enfrentar un nuevo día.

De pronto una sed rabiosa se apodera de ti, por lo que te levantas dispuesto a beber un vaso de agua y de paso templar los nervios. Tres pasos hasta la puerta, ocho por el pasillo dando a la cocina y otros cuatro hasta el grifo. El crujido del viejo parqué bajo las plantas desnudas de tus pies te hiela la sangre trayendo el recuerdo del frío de la pesadilla, pero la sensación se desvanece en lo que dura un pestañeo. El fluorescente de la cocina tintinea al tiempo que llenas una desportillada taza; cinco tragos más tarde tus ojos recuperan su humedad normal haciendo que el miedo desaparezca por completo.

Vuelves a la cama esperando el chasquido de la madera al pisar, pero esta vez no se queja, simplemente te permite el paso sin hacer ningún ruido. Aliviado al no escuchar ese desagradable sonido te envuelves entre las sábanas y tanteas el interruptor de la lámpara accionándolo para dejar la habitación a oscuras.

La manta se ha quedado fría en este breve tiempo, arrancándote un escalofrío que sacude toda tu espalda. De hecho está muy fría. Hace demasiado frío en la habitación. Revolviéndote sobre ti mismo te das la vuelta y con los ojos entreabiertos te das cuenta de que el vaho de tu respiración flota en el ambiente cada vez que exhalas.

El hecho de que tu aliento se condense no te inquieta tanto como que el que puedas verlo. La luz está apagada y la persiana bajada, y sin embargo una trémula luz metálica se ha introducido en tu habitación sin saber de dónde procede. No se oye nada salvo tu respiración formando nubecillas frente a tu rostro y el creciente golpeteo de tu corazón en el pecho. Algo no está bien. Girándote te incorporas para ver de dónde viene esa luz inesperada quedándote totalmente paralizado sobre tu lecho.

No es el frío de hielo en tus brazos lo que te impide moverte. Tampoco el frío del agua en tus pies, ni el del aire en tu rostro. Es el frío interior, el peor de todos, que te domina al ver a tu espalda los inmisericordes ojos de plata observándote reflejados en el espejo de tu habitación.

 

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