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El ejército invisible

Se levantan cuando todo el mundo duerme. El ejército invisible que hace que la sociedad no colapse.

Antonia tiene cuarenta y tres años. Dos hijos, un marido, hipoteca, coche y semana de vacaciones en la playa. Y todos los días se acuesta a las ocho de la tarde, justo cuando sus pequeños llegan de las actividades extraescolares. A las cuatro de la mañana se levanta, y a las cinco ya está recibiendo la mercancía en el supermercado para colocarla en las estanterías antes de que sea la hora de abrir.

Su hermano, Juan, estudió fontanería, pero ahora trabaja en la canalización de agua de su ciudad. No en las obras que se ven por las calles o en una oficina revisando sensores. El trabaja bajo tierra. De día o de noche, dependiendo del turno. Consciente de que su trabajo, desconocido y anónimo, es vital.

Elena y Mario son los médicos que trataron a Juan cuando tuvo un accidente hace un año. No pasan consulta ni tienen una lista de pacientes fijos. Su contrato es de guardias, el que nadie quiere, el que obliga a no comer con amigos o salir de fiesta. Llegan al hospital cuando todo el mundo se está marchando, y se quedan allí hasta la mañana siguiente. Viendo pasar gente por unas urgencias saturadas y medios insuficientes.

Como aguanta Pedro, el camionero que ha llevado la última máquina de rayos X al hospital. La trajo de Alemania en un viaje tranquilo pero peligroso: a dos compañeros suyos les asaltaron en el mismo parking en el que hizo noche a la altura de Lyon. Por eso suele preferir viajar al atardecer, ya que de día no suele haber tanto atraco. Siempre solo en el camión se acuerda de su familia, a la que no ve lo que le gustaría. Alguien tiene que hacer el trabajo.

Al menos, piensa, puede parar como mínimo cada dos semanas en casa. No como su amigo Raúl, el pescador. Ese sí que lo tiene difícil: turnos de doce horas, campañas de tres meses como mínimo, océanos inmisericordes, maquinaria industrial a bordo… todo para que al llegar al supermercado cualquiera pueda comprar un pescado fileteado perfectamente congelado.

Dando por normal ese hecho tan extraordinario.

Porque presupone que el ejército invisible seguirá ahí, trabajando sin descanso, para que la sociedad no colapse.

 

Foto de portada: ©Pexels

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