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El duelo

La endiablada mano derecha de Clementi recorría negro y blanco, tecla tras tecla, con la ferocidad de un lobo hambriento tras el rebaño. La analogía no era buena sólo por su certeza, sino porque cada pasaje arrancaba expresiones de asombro en el público que eran como mordiscos. Su rival de esa tarde había venido bien preparado. Quería ganarle el duelo.

La invitación le había llegado hacía dos días: Su Alteza Imperial le invita a la gran Velada Musical del día de Nochebuena y demás parafernalia. Una de esas órdenes encubiertas a las que no se podía desobedecer. Nadie decía que no al emperador. Por ello había mandado arreglar su mejor casaca, la roja carmesí, empolvar la peluca y sacar lustre a las hebillas de los zapatos. Ante todo había que guardar las formas.

Como se imaginaba lo que podía ocurrir se había pasado esas dos jornadas frente al piano, trabajando duro en nuevas melodías y juguetes musicales con los que divertir en la corte. Sabía desde niño que, si se ponía la cara adecuada, el efecto no podía fallar: todo el mundo creería ver la inspiración del genio haciendo acto de presencia. Qué fácil era el engaño.

Clementi había cambiado de pieza, atacando una desbocada tocatta que le había dado buenos resultados en su última gira. Duraba apenas unos minutos, pero era brillante y resultona. Adecuada para el juego en el que estaba participando. Un reto a superar.

Decidido a no mostrar interés respiró hondo y centró su vista en el palacio. Al fondo estaban los restos del ágape con el que el emperador José II les había convidado antes de informarles a su rival y a él de sus intenciones. El duelo musical. La guerra entre artistas para diversión de los invitados de honor, el Gran Duque de Rusia y su esposa. Un capricho vienés que no se podría presenciar en ningún otro lugar del mundo. Por la ventana se veía una Viena llena de nieve, cada vez más fría al caer la noche. Desde allí dentro, con estufas, alfombras y crepitantes fuegos, la estampa era hermosísima.

Los aplausos le trajeron de nuevo al salón de música, donde el orgulloso Clementi hacía profundas referencias junto al fortepiano. El ego le rodeaba haciéndole más grande, más apuesto incluso. Había desplegado todos sus recursos en el teclado, poniendo toda la presión sobre su rival. El duelo estaba decantado a su favor, tal y como quería la emperatriz María Josefa, su gran valedora en la contienda.

Al terminar los aplausos todas las miradas se volvieron hacia el fondo de la sala, donde junto a la ventana por la que antes se había distraído mirando Viena el otro duelista esperaba. Lucía imponente con su preparada sonrisa bajo la peluca blanca, los zapatos lustrosos a la luz de las bujías y esa casaca roja que tan bien le quedaba. Él no era un cualquiera, así que esperó pacientemente la invitación.

— Maestro Mozart —terminó por decir el emperador, que apostaba por él en el duelo—, es vuestro turno.

Mozart hizo una leve reverencia y caminó con seguridad hacia el teclado. Acarició el do central para notar restos de sudor de su rival, lo que le dio la confianza para jugárselo todo a una carta. Si Clementi estaba así de nervioso sólo podía salirle bien. Compuso un rostro de duda, que reconvirtió rápidamente en una mueca infantil y divertida para después acabar alzando una ceja en dirección a la emperatriz.

— ¿Vuestra Majestad conoce por un casual la cancioncilla Ah, vous dirai-je, Maman*?

Los susurros de los cortesanos silbaron por la sala de música como una ventisca envenenada. ¿Qué tramaba Mozart?

— Por supuesto —respondió la emperatriz con una sonrisa, dispuesta a seguir el juego—. Es una de mis favoritas.
— El señor Clementi ha desplegado todo su virtuosismo frente a ustedes y no lo ha hecho nada mal —habló Mozart al tiempo que limpiaba el sudor de las teclas del fortepiano con un pañuelo. La gente rompió a reír—. Yo les propongo algo diferente. Una cajita de música, si me lo permiten, con la melodía que tanto gusta a nuestra emperatriz y sobre la que disertaré en honor a nuestros ilustres invitados.

Y sin dar tiempo a que se rompiese la atmósfera que acababa de crear, con un solo dedo arrancó la melodía de Ah, vous dirai-je, Maman. Nadie podía creer que el gran Wolfgang Amadeus Mozart quisiera jugarse el duelo con Muzio Clementi con tan sencilla pieza, tocada sin acompañamiento alguno y entre gestos de aburrimiento. Sin embargo el genio sabía muy bien lo que hacía. Por eso al terminar la última nota de la cancioncilla atacó la primera variación de las muchas que había compuesto en su casa durante los dos días que había tenido para prepararse.

— Bueno, Clementi —siseó para sí mientras sus dedos bailaban sobre el teclado arrancando comentarios en la concurrencia—. Voy a ganar este duelo.

* La canción «Ah, vous dirai-je, Maman» es en España «Campanitas del lugar».

 

Foto de portada: ©12857833

 

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