fbpx

El dragón

Recuerdo verlo la primera vez, la impresión que me causó con sus ojos oscuros y su boca llena de afilados dientes. No demasiado grande, pero sí fiero y letal. Sus garras negras y sus escamas pulidas al milímetro. Recuerdo que no me gustó, pero ella sí, así que lo dejé pasar y me las apañé para robarle una primera cita. Después vino la segunda, el conocerla y descubrirla, y por fin toparme cara a cara con el dragón que vive tatuado en su cadera, como un aviso de la locura que la ha caracterizado siempre. Una locura maravillosa.

Recuerdo los primeros años y la imagen amenazadoramente bella del dragón cuando se desnudaba. Cuando nos fuimos a vivir juntos y pude verlo a mi lado cada noche, y abrazarme a él en el sofá mientras veíamos una película. La piel entonces era suave, pura e inmaculada, blanquísima rodeando la tinta negra. Un desierto de poros liso, seductor e infinito por el que yo paseaba siempre que quería.

Recuerdo cómo las fauces parecían cerrarse un poco y los ojos centelleaban cuando ella se enfadaba. Era un tatuaje leal, digno de su dueña, y yo no podía hacer otra cosa que temer que en cualquier momento abandonase su cadera para lanzarse contra mí, quién sabe si soltando fuego por esa boca monstruosa o simplemente devorarme de un trago. Luego, cuando se le pasaba el enfado, yo le contaba mis miedos y ella se reía. No lo sabía entonces, pero aquello era la felicidad.

El tiempo pasó, y al dragón le creció compañía. Poco a poco se vio rodeado de estrías de los embarazos y un granito que resultó ser algo más preocupante que un granito y que al operarlo le robó media cola. Los años convirtieron el desierto infinito en un lugar cada vez más árido, más complicado. A mí eso sólo me motivaba a seguir la aventura. A redescubrir cada nuevo pliegue de esa piel que envejecía haciendo el viaje más y más interesante.

Hubo momentos en los que el dragón estuvo a punto de extender sus alas y abandonarme. Largas temporadas de malos modos y palabras gruesas. De tiempo perdido. Se juntaron muchas cosas entre los niños, lo de su padre y mis tonterías. Por suerte pudimos arreglarlo y el dragón siguió en mi cama cada mañana, cada día un poco más enterrado bajo piel flácida y vejez.

Sólo ahora, cuando el dragón está tapado por la bata de ganchillo y con el bastón agazapado a su lado, me atrevo a fijarme en mis manos, las que en otro tiempo lo acariciaban con lujuria llenas de fuerza juvenil. Las veo ahora marchitas, plagadas de manchas y sacudidas por un temblor que ya no se irá, con las venas muy marcadas y profundas arrugas en cada rincón.

No sólo yo estoy viejo, él también; ya apenas es una mancha azulada en la huesuda cadera de mi mujer, con sus dientes desdibujados, las alas apagadas y la cola arrancada. Sin embargo creo que ahora es cuando el dragón está más vivo. Paradójicamente en el recuerdo de toda una vida con ella, con él, es donde más veo su fuerza y su fiereza. Y eso es lo único que necesito para encarar lo que sea que el destino me tenga reservado.

 

Foto de portada: ©Thomas Boese

 

¿Te ha gustado el relato?

Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram.

Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web.

¡Disfruta de la lectura!

 

1 comentario en “El dragón”

Deja un comentario