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El día de la verdad

Cinco años tenía, de los cuales llevaba uno entero esperando su oportunidad. La última vez que había visto al monstruo no estuvo del todo convencida de enfrentarse a él, y sus padres respetaron su recelo. Sin embargo ahora estaba completamente segura. Iba a hacerlo. Se enfrentaría a sus miedos y conseguiría su objetivo.

La plaza estaba repleta de gente, mayoritariamente niños que, acompañados por sus familias, se acercaban al gigantesco titán para hacer cola dispuestos a vencerlo. Tras despedirse de sus padres —te esperamos al otro lado, cariño, susurró su madre al abrazarla antes de irse—, aguardó su turno mirando a la turba enloquecida por el sonido de la música. Delante tenía un chico que le sacaba al menos una cabeza, largo y delgado vestido con una camisa blanca, pantalón de talle alto y abarcas. Probablemente ella sería la más pequeña de los que se atrevían a enfrentar al monstruo, y aquello le animó. Estaba nerviosa pero algo en su interior le lanzaba a seguir adelante.

Audentes fortuna iuvat, solía farfullar su padre cada vez que le invitaba a enfrentarse a sus demonios. Ella no sabía qué quería decir aquello y le sonaba muy raro, pero debía ser importante si se lo repetía cada vez que iba a vivir una experiencia trascendental. Siempre que tenía que superar un obstáculo ahí estaba la frasecita, y por supuesto en esta ocasión no se había hecho esperar. Allí se lo había dicho, mientras le acariciaba la cabeza antes de seguir a su madre justo antes de dejarla esperando la cola, y allí seguía ella, avanzando alrededor del monstruo esperando su turno para ponerse frente a frente con su destino.

La gente gritaba y reía cada vez que las fauces del gigante se movían. Pronto la niña llegó al borde de la escalera, notando cómo las piernas le temblaban ante su autoimpuesta misión. Todo se paralizó durante un momento cuando un chico, probablemente mayor que ella, se quedó quieto frente a los ojos inmisericordes del monstruo. Las lágrimas empezaron a correr por sus sonrosadas mejillas buscando con la vista a sus padres. Eso no iba a pasarle a ella. Una mueca de suficiencia se dibujó en su rostro cuando el acobardado chiquillo pasaba a su lado sollozando de la mano de su madre, que había tenido que acercarse para ayudarle a bajar. No, eso no iba a pasarle a ella.

La cola siguió avanzando y sin darse cuenta ya estaba en lo alto de la plataforma, observando de lado la morena tez del gigante que, con el rostro arrugando en un desagradable rictus de enfado, esperaba su enfrentamiento. El chico que iba delante de ella fue muy valiente, y en cuanto el hombre que estaba revisando que nada se descontrolase le hizo una señal se lanzó a por todas. Ya le tocaba a ella. Resoplando miró cómo el monstruo movía sus ojos y la lengua fijándolos en su delgada figura. Era más grande de lo que parecía desde abajo, con una boca ancha y dientes blancos y pulidos. Los instantes se volvieron largos y las piernas le temblaron de nuevo, pero entonces recordó que llevaba un año entero esperando su oportunidad; había llegado el día de la verdad. A la señal del hombre, la niña plantó los pies sobre la tarima y se inclinó decidida a superar sus miedos. Sin ninguna ayuda se tiró sobre la lengua del monstruo y dejó caer todo su peso arrojándose a las fauces de la bestia.

Todo pasó muy rápido. De la lengua rojiza pasó a deslizarse por un tobogán metálico que cruzaba las entrañas de la bestia. Después chocó con una superficie acolchada al final de la rampa, siendo recibida por otro hombre que le ayudó a levantarse para toparse de frente con sus padres, que habían grabado su aterrizaje con el móvil.

— ¿Qué tal ha ido?

La pregunta se la había hecho su padre en cuanto estuvo a su lado. Sin embargo ella no respondió. La niña se limitó a dar un chillido de alegría, recolocarse la falda del vestido de neska y, sin decir nada más, salir corriendo para ponerse a la cola y volver a tirarse por el gargantúa.

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