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El cuarto de calderas

He recorrido el edificio de arriba abajo, planta por planta en busca de esa indescriptible pero familiar sensación que me eriza el pelo de todo el cuerpo. En cada sala, un susurro, en cada espejo, una sombra. Es el tercer día que acudo a esta casa y estoy harto de notar esa corriente de aire frío que me esquiva cada vez que cruzo una puerta. Sé que estás aquí, abuela. Daré contigo.

Sólo me queda un sitio que visitar del edificio: el cuarto de calderas. Se llega a él a través de una puertita disimulada entre la madera que tapiza la pared del portal. Digo puertita porque es estrecha y baja, rozando el metro cuarenta: hay que agachar la cabeza para pasar, algo muy propio del Maligno.

El ambiente es húmedo y frío, y huele a gasoil. Con la linterna del móvil localizo el interruptor y lo pulso con la esperanza de encontrar alguna dantesca imagen propia de una película de terror de serie B. El típico pentagrama, una cabeza de carnero, cualquier cosa así. Eso me demostraría que lo ocurrido aquí nada tiene que ver con el Demonio, y que sólo el miedo de los habitantes ante un crimen irresoluble me ha traído aquí. Sin embargo lo que veo es lo que vería en cualquier sótano: cañerías viejas, telarañas, polvo y humedades. El Mal no necesita marketing barato para cautivar a los hombres. Sus actos hablan por sí mismos.

Ver el cuarto de calderas así, tan sucio, vacío y anodino, habría tranquilizado a otro. No a mí. Tengo demasiadas batallas a mis espaldas como para saber que la guerra contra el Maligno obliga a estar atento a los detalles. Como el hecho de que la vieja caldera de carbón, ennegrecida todavía de cuando se usaba, se encuentra completamente abierta. Deberían haberla sustituido directamente por la de gasoil, no conservar ambas, y por eso me acerco a ella para buscar a mi enemigo entre restos de hollín. Palpo el interior y encuentro un hierro en la pared derecha. Tiro de él y un chasquido abre una puerta a mis espaldas. ¿Quién si no el mismo diablo pondría un picaporte dentro de una caldera?

Me quito el polvillo de las manos sacudiéndome la sotana y me asomo al quicio que acaba de abrirse en medio de la pared. La oscuridad me espera al otro lado. No he de temer. Dios está conmigo. Abandono el cuarto de calderas y accedo al interior de la sala. La negrura me rodea. No se oye nada. No se ve nada.

De pronto, algo se mueve cerca de mí. Me pongo en guardia y espero sigilosamente hasta que, sin saber desde dónde, una luz cegadora me muestra mi propio reflejo a la derecha, y a la izquierda, y un poco más allá otra vez, y otra, y otra. Decenas, centenas de imágenes me miran encerradas en espejos que me rodean impidiéndome avanzar. Sin embargo no son copias perfectas; cada una de ellas imita mis movimientos pero no puede evitar mostrar diferencias que me hielan la sangre: una está encorvada y envejecida, otra viste harapos; una no tiene ojos, otra tiene el rostro completamente chupado; aquella está obesa, mientras que la más cercana tiene la piel pálida y amarilla de fiebre… ¿qué clase de magia es esta?

Palpo a mi espalda y encuentro por fin el resquicio por el que puedo volver al cuarto de calderas, a la realidad lejos de esa creación inmunda de Satán. Retrocedo y la luz se apaga. No me siento lo suficientemente fuerte como para enfrentar lo que me espera en esa sala. Porque ahora sé lo que me espera. Justo antes de que la luz se apagase, en el reflejo más lejano y putrefacto de todos los que mostraban los espejos, he podido ver por un instante unos ojos oscuros cuya mirada jamás olvidaré. La misma mirada maligna y abominable que me dedicó mi abuela al darle la extremaunción la noche antes de morir.

 

Foto de portada: ©Scholty1970

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