Yo era normal. Gustos sinfónicos sencillos, a veces un poco refinados, otras algo excéntricos. Pero, en el fondo, normal. Hasta aquel día en el que me senté en la sala de conciertos y escuché una sinfonía de una compositora totalmente desconocida para mí: Lera Auerbach. Desde entonces mi mundo cambió y su arte ya forma parte de mí.
Antes, mi afición por la música no pasaba de Dvorak o Tchaikovsky. Wagner era, quizá, el compositor que más me empujaba a encontrar mis propios límites, pero jamás pasé de ahí. Puede que lo más osado fueron las cuatro estaciones recompuestas por Richter, aunque con la base de Vivaldi y el barniz electrónico New Age tampoco me pareció una aberración. Así era yo entonces.
Ahora todo ha cambiado. No quiero renegar de mi pasado, de las tres grandes Bs de la música sinfónica, pero algo en mí se siente menos atraído por ellas desde el momento de mi conversión. Antes nada procedente del siglo XX podía emocionarme; ahora es justo lo contrario.
Shostakovich sobre Mozart, Stravinsky por encima de Haydn, Glass en lugar de Haendel… Por no decir otros como Cage, Pärt, Ligeti, Hindemith, Stockhausen… ¿un cuarteto de cuerda compuesto para interpretarse con cada músico subido a helicóptero? A mí antes esas cosas no me gustaban, las tildaba de absurdas performances, pero ahora… Ay, ahora…
Este cambio, este renacimiento personal, no me ha salido gratis: ha afectado a mi relación con mis amistades, con los que antes iba a conciertos en los que ya no encuentro lo que busco. No es que no me guste escuchar la primera de Brahms o la quinta de Beethoven, es simplemente que hay música que me sacude más. El pasado es un territorio conocido, pero la música actual es un reto constante que me estimula e invita a reflexionar en cada escucha. No es que lo otro no lo haga, pero… no hay punto de comparación. En una es como abrir un cajón perfectamente ordenado en el que todo está donde debe, mientras que en la otra es abrir un altillo lleno de emociones sin saber qué te va a caer encima.
Supongo que con el tiempo conoceré personas que tengan esa misma hambre de novedad, que incluso podré hacer algo de proselitismo e invitar a mis amigos a conocer estas propuestas que se escapan de la dominante a la tónica y de la cadencia perfecta. Supongo. O más bien confío en que así será. Y si no tendré que aprender a vivir en una especie de ambigüedad estilística, con un pie en cada estilo, poniendo una vela a Dios y otra al diablo.
También creo que con el tiempo podré encontrar un equilibrio: aprender a disfrutar de una obra novedosa, atrevida y retadora al tiempo que me emociono con el coral final de la segunda sinfonía de Sibelius. Porque por mucho atractivo que haya en el reto de la creación actual, ese final sigue siendo la demostración irrefutable de la existencia de Dios, y eso no me lo podrá arrebatar nadie.
Foto de portada: ©Pexels
¿Te ha gustado el relato?Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram. Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web. ¡Disfruta de la lectura! |
Ole,ole,ole!!!!!!
Un abrazo