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El conquistador

Quizá ahora, con los días de mi juventud lejos y notando próxima la llamada de la Parca, sea momento de contar algunos episodios de mi vida. Mis músculos han perdido algo de fuerza y ya no luzco el pelo rojizo de antes, pero sigo siendo fiero, peligroso, con mis instintos tan afilados como el día en el que mi primer amo me trajo desde el otro lado del mar a este territorio al que llaman el Nuevo Mundo.

Yo sólo soy uno más, uno de los muchos que vinimos a este lugar más forzados por la necesidad que por briosa voluntad. Apenas guardo recuerdos de la aldea donde nací, pues cuando cierro los ojos únicamente veo el rastro de los indios perseguidos, la sangre al desgarrar sus tripas y sus miradas asustadas esperando la muerte. Ellos jamás se habían enfrentado a alguien como yo, y mi amo lo sabía. Por eso nos trajo, a mí y a otros tantos de mi clase, para acompañarle en las escaramuzas más peligrosas tierra adentro.

De mis ocupaciones no hay mucho que decir. Debo de ser bueno en lo mío ya que me alimentan bien y dicen que a mi amo le pagan una generosa soldada por mi desempeño. A mí me importa poco ya que no sé qué podría hacer yo con ese dinero. Con tener comida y un esquinazo provisto de paja para acostarme me doy por satisfecho. Conozco mi oficio y mi lugar en el mundo, y no me mueve la avaricia. Soy amable con los que me tratan con respeto e intento apartarme de los que me envidian pues pese a mi aspecto tosco y salvaje no gusto de pelear si no es necesario. Me han criticado por ello a veces, cuando muestro clemencia con indios que huyen en vez de despedazarlos como me han enseñado a hacer, pero me precio de no ser un asesino y no disfruto al dar muerte. Sólo soy un soldado; un conquistador, como se dicen los de aquí.

Mayoritariamente me he dedicado a labores de reconocimiento y de guarda, y me enorgullezco de mi trabajo; de haberlo hecho siempre tan bien como he podido. Pronto aprendí a reconocer por sus formas y su olor a los distintos tipos de indios que pueblan estos parajes, sabiendo distinguir entre amigos y enemigos incluso en la oscuridad. También sé leer los ojos de los hombres, adivinando la traición en ellos para poder devolverlos a su puesto antes incluso de que decidan desertar. Nunca he consentido la indisciplina, la crueldad excesiva ni la violencia gratuita, e intento dar ejemplo con mis actos. Como aquella vez en que me azuzaron contra una anciana a la que habían liberado para entregar una carta a un líder enemigo. La orden no me pareció correcta —ella huía a trompicones con sus zambas patas de abuela—, y cuando llegué a su altura decidí no atacarla. En su lugar me giré y, observando su mirada aterrorizada dirigida hacia mi rostro ennegrecido y mis potentes mandíbulas, me meé encima de ella para demostrarle quién mandaba. Mi superior se enfadó mucho pero al poco llegó el señor Ponce de León diciendo que yo había actuado bien al perdonar la vida a la vieja. Ese tipo de decisiones hicieron que mi popularidad creciera entre la soldadesca, otorgándome además de la condición de guerrero fiero y valiente, el buen juicio y la misericordia del soldado prudente. Mi amo estaba muy contento ese día.

Sin embargo todo esto no son más que recuerdos de viejo militar. Ahora es mi hijo, Leoncico, el que se encarga de asustar a viejas y batallar contra los indios. Ha heredado mi porte y quizá sea un punto más rápido que yo a la hora de moverse entre la selva; está en su naturaleza al ser esta su tierra de nacimiento. De vez en cuando me hablan de él y al parecer su fama ya le precede, pues dicen que mata más que cualquier hombre y que sus dientes se han tornado rojizos de la sangre de los indios a los que ha descuartizado a mordiscos. Probablemente sean sólo habladurías pero hacen que mi pecho se hinche orgulloso. Cuando se entra en el otoño de la vida pocas cosas le alegran más a uno que saber que hizo lo correcto al educar a su prole.

Por lo demás soy feliz, o todo lo feliz que puedo ser. Llevo una vida descansada al servicio de Sancho de Arango, un hombre arrojado y decidido y que me da un trato acorde a mi condición de soldado viejo y mi leyenda. Reviso los alrededores de nuestro campamento varias veces al día, escudriñando la selva desde mis cuatro palmos de estatura para alertar a mis camaradas de posibles ataques indios. Mi mayor ocupación, no obstante, es pensar en el final de mis días. Es muy posible que caiga peleando al lado de mis compañeros —lo que sería un digno final para una vida consagrada al combate—, pero una parte de mí desea morir tranquilo junto a mi dueño, abandonando este mundo con la seguridad de haber sido el perro fiel y entregado que mi madre siempre me dijo que debía ser. Eres un alano español, solía repetirme cuando era cachorro, haz honor a tu raza. No tengo más recuerdos de mi madre, ni siquiera cómo me llamaba ella. Desde hace muchos años sólo tengo por nombre Becerrillo, el nombre que me dieron los hombres al ver lo fuerte y grande que crecí. Becerrillo, el perro de los conquistadores.

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