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El concierto

Son las nueve y cincuenta y tres minutos cuando el trailer llega. Menos mal. Sólo faltaba que con todas las pegas de los de la empresa de transportes ahora no cumpliesen. Dentro, el pabellón lleva una hora convertido en una batalla campal entre operarios, montadores, técnicos y cientos de butacas que por fin van pareciéndose a un graderío. Vamos a descargar todo y rezar por que no falten cosas.

Cuando preparé la planilla para el día la hice para ir con tiempo y menos mal porque ya vamos media hora tarde. Siempre hay que contar con que en cada paso se vaya media hora tarde. Y mi jefe diciéndome que era un exagerado. Parece mentira que lleve quince años en esto.

Vuelvo de tomar el café y ya son las doce, coño cómo pasa el tiempo. Y eso que no he parado desde las siete. Llamo a los técnicos de luces y sonido para que vayan echando un vistazo al montaje ahora que el escenario está casi listo. Y digo casi porque falta una de las tablas que lo forman y no aparece por ningún sitio. Mira que dije que ya teníamos nosotros nuestro propio escenario, que no hacía falta que lo trajeran, pero no, para qué hacer caso. Pues hale, a buscar la dichosa plancha.

Se hace la hora de comer y los bafles y las luces ya cuelgan de los truss. Ahora a probar todo, que con las prisas puede que haya algún cable flojo y se vaya la iluminación al traste. Después, a colocar micros y mandar a la tropa de limpieza a arreglar camerinos y sala. Y la dichosa plancha del escenario que no aparece.

¿Cómo decía la canción? ¿Reloj no marques las horas? En veinte minutos llega la banda a probar y el sonido sigue dando fallos. Los micros zumban y se acoplan a la menor. No, si al final voy a tener que… ¿Sí? No, las camisetas y todo eso delante, donde siempre, junto al bar, sí, gracias… Joder qué día…

La banda se retrasa, a saber qué habrán hecho anoche… Por suerte eso nos ha dado tiempo para arreglar el problema del sonido: he llamado a Antonio, nuestro técnico habitual, y me ha hecho el favor de venir a dar una clase magistral a estos palurdos yankis. En cinco minutos ha encontrado el problema y, además, ha solucionado lo de la tarima del escenario que faltaba. Se le verá la raja del culo cuando se agacha y sudará como un cerdo, pero en lo suyo es el mejor.

Seis y diez de la tarde y corriendo al super de al lado para comprar el whisky que le gusta a la banda. Al parecer el que tenían en el camerino y que venía por contrato ya no les vale. Si es que yo tenía que irme a mi casa. No me pagan lo suficiente. El jefe me va a oír. Ahora a revisar que la prueba de sonido vaya bien, y esperar que la empresa de seguridad haya traído a todos los efectivos que pedí: tenemos llenazo y no quiero líos.

La banda ha dado su permiso para abrir puertas en lo que se retiran al escenario. Los bares ya están en marcha y la gente llega en tropel. Mira que se les dice que no corran, pues nada. He elegido a los cuatro seguratas más intimidantes para que guarden la disciplina en las primeras filas, que no quiero zumbados jodiendo el espectáculo.

Cinco minutos para empezar y no me puedo creer que vayamos a arrancar en hora. No oigo nada por el walkie del estruendo que montan las ochomil personas que hay ahí fuera. Los técnicos me aseguran que todo funciona correctamente, pero yo ya he dicho a Antonio que se quede a mi lado por si acaso. Joder qué estrés.

Como el concierto carbure me corono, y entonces sí que me voy a ver al jefe y le pido un aumento. Eso o presento mi dimisión, una de dos.

 

Foto de portada: ©Pexels

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