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El chico del poyete

    – ¿Dónde está el fulano?

    – Allí.

Al otro lado de la calle, sentado en el poyete de un escaparate junto a un policía, un chico con camiseta y vaqueros miraba al infinito mientras un cigarrillo se consumía en la comisura derecha de su boca. Las luces de dos ambulancias y un coche patrulla arrojaban cientos de luces azules y sombras grises a su rostro aleatoriamente. Aparentemente estaba intacto.

    – Vamos para dentro.

El local, una sala de fiestas del centro, tenía todas las luces estaban encendidas. La música estaba apagada y en el suelo había restos de vasos, botellas y sangre. La bronca tenía que haber sido gorda.

    – ¿Cuántos tipos dices que han sido?

    – Tres de ellos están en el hospital, los otros dos han volado.

    – Fiuuu —silbó—. Y el chico está ahí tan campante.

    – Los dueños de la discoteca quieren denunciarle.

    – Si la cosa ha ido como dicen quita que no les caiga un buen puro a ellos por no vigilar bien lo que pasa en su local.

Una vez visto el panorama, el inspector dio las instrucciones adecuadas y salió para hablar con el chaval que le había jodido la noche.

Ahí seguía. Sentado en el mismo poyete, pero ya no tenía el cigarrillo en la boca. Con la mirada centrada en el coche que tenía delante viendo en realidad algo que sólo él podía ver. Hacia allá se dirigió el inspector, palpando en el interior del bolsillo de su pantalón un paquete aplastado de Ducados del que sacó el más entero que pudo encontrar.

    – La has armado buena —le dijo ofreciéndoselo.

    – Hice lo que tenía que hacer.

Lo dijo sin levantar la cabeza ni hacer un mínimo gesto de aceptación o rechazo al cigarro. El inspector enarcó una ceja y guardó el tabaco.

    – ¿Me quieres contar qué ha pasado?

    – Seguro que ya se lo han dicho sus compañeros.

    – Prefiero oírlo de ti.

Resopló el otro y se rascó la cabeza. Tenía un pequeño reguero de sangre desde el cráneo a la oreja que las luces azuladas y parpadeantes no le habían permitido apreciar antes. La camiseta tenía un desgarrón. Y sin embargo él parecía intacto, como si no hubiese ido con él la cosa.

    – Estaba tomando algo cuando vi a la chica.

    – ¿Estaba con los otros cinco?

    – Con los cinco hijos de puta.

Por primera vez levantó la cabeza y le miró muy serio. Tanto que el inspector no tuvo otra que asentir para que continuase.

    – No sé si se conocerían o no, pero cada vez que miraba veía a la chica mas apartada del resto de la gente, mas encerrada contra la pared. Aquello no me gustó.

    – ¿Podrías identificarlos? ¿Etnia, nacionalidad…?

    – Un hijo de puta es un hijo de puta tenga el color de piel que tenga.

Volvió a asentir el inspector.

    – Empecé a ver manos largas, ya sabe, y la chica con cara de incomodidad. Ahí es cuando tuve que hacer algo.

    – ¿Por qué no decírselo a la seguridad del local?

    – Si tengo que esperar a que llegue el puerta, a esa chica no le habría quedado cuerpo sin tocar.

Lo había dicho como quien dice que dos y dos son cuatro. Como si no hubiese otra posible alternativa.

    – ¿Y qué hiciste exactamente?

    – Primero intenté decirles que la dejasen, pero rápidamente se pusieron agresivos. No me quedó otra que defenderme.

    – Dicen que empezaste tú la pelea.

    – Bueno, la mejor defensa es un buen ataque —sonrió por la comisura donde antes estaba el cigarro—. Hice lo que tenía que hacer.

    – Mandando a tres al hospital.

El chaval resopló y levantó la cabeza por segunda vez.

    – ¿De qué sirve saber defenderte si no puedes defender al que lo necesita?

El inspector no supo qué responder. Simplemente se quedó quieto esperando que no se le notase demasiado cierta admiración por el aplomo que mostraba.

    – Ahora le aceptaré ese cigarro —siseó el chico del poyete—. En lo que deciden si me llevan al calabozo o no.

El inspector sacó de nuevo el Ducados, le dejó el encendedor y se dio la vuelta sin poder mirarle a la cara. Odiaba cuando su trabajo le obligaba a detener a alguien que había hecho lo correcto.

 

Foto de portada: ©Scott Rodgerson

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1 comentario en «El chico del poyete»

  1. Pues si me ha gustado y admiro al defensor de la chica. Un ciudadano de ley y desorden. Un justiciero de disco.
    Desde la playa también lo haces muy bien.
    Bravo!!!!!

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