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El cabaret

Siempre me acordaré cuando, de niño, trabajé en el cabaret llevando y trayendo cajas de bebidas y poniendo copas. Lo que más me maravillaba de aquel lugar era el ansia que tenían algunos hombres para, después de cada espectáculo, pedirme que les llevase hasta la zona de camerinos. Todos sabían que yo era el único al que la seguridad del local se lo permitía, supongo que porque ver a un crío como yo de la mano de un señor desconocido debía resultar divertido a los mostrencos que guardaban el paso al sanctasanctórum del negocio.

El pasillo de la zona de los camerinos era oscuro, con el suelo de moqueta y las paredes pintadas de un verde ocre. Siempre olía a cerrado. Pasadas las cortinas de terciopelo negro el corredor moría en tres puertas, cada una con un destino diferente. La del centro era la del camerino de Shelley Star, a la que casi no traté ya que apenas se mezclaba con el resto de trabajadores. Era la principal atracción del cabaret y estaba a otro nivel. Con el tiempo supe que en realidad se llamaba Margarita Galindo, y que era la querida del dueño del establecimiento. Por eso ni yo ni ninguno de mis hombrecillos podía entrar en su camerino: la Star era caza mayor.

La puerta de la derecha daba a un baño sólo para caballeros totalmente alicatado en azulejos alargados color verde botella. Yo tenía orden de que todo hombre al que llevase hasta allí pasase primero por ese baño a acicalarse. Al contrario que en el pasillo, en el baño flotaba una nube de perfume barato y penetrante que salía de dos botellas grandes que había junto al lavabo de cobre. En las paredes había cartelitos con dibujos de camareros negros con frases que nunca entendí.

Entrar por la puerta de la izquierda y estornudar era todo uno: la cantidad de vapores olorosos que se mezclaban allí era enorme. Recuerdo que el aire olía dulzón y amargo, a fresa y chocolate, y a lo que cuando crecí supe reconocer como la peste a alcohol y a sexo. Entrar en la sala circular de la que salían todas las puertecitas que daban al resto de camerinos era un sopapo olfativo que parecía acelerar el pulso de los hombres a los que acompañaba.

El proceso a seguir a partir de ahí era simple rutina: primero buscar la puerta de la mujer a la que quería conocer mi acompañante. Después tocar dos veces rápidas y dos lentas para que supiesen que era yo. Y tercero esperar. Bandi, la mujer que hacía el numero de piratas era la que más solía tardar. A veces era desesperante. Otras como Esmeralda “la faquira” o Bergolet eran más rápidas y yo podía escabullirme de allí en busca de un nuevo cliente.

Mi estancia en el cabaret no duró demasiado. A los pocos meses mi padre se enteró de lo que hacía y me buscó otro trabajo. Decía que un niño no debía trabajar en un lugar como aquel. No fue hasta cuando, pasado el tiempo, supe realmente lo que hacía al llevar a aquellos hombres a los camerinos, que se lo agradecí.

 

Foto de portada: ©Victoria Borodinova

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