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El barquillero

En la Plaza Mayor los estandartes adornan el pabellón consistorial de verdes, rojos, morados y negros. Los colores típicos de la Semana Santa. Cruces y coronas son los emblemas fundamentales de las hermandades, cuyos cofrades esperan con orgullo su día grande. La ciudad huele a incienso y humo de vela, y los turistas se agolpan en la calle Compañía para ver pasar las imágenes llevadas a pulso por el fervor de los costaleros.

A mis ochenta años reniego de la tradición, del turismo de masas y la proliferación de embrollos con los que engatusar al visitante, pero hay una cosa de las procesiones que me hace viajar en el tiempo para verlas con los ojos del niño que ya no soy, pero que desde luego un día disfruté ser. Sin importar el viento encajonado en la esquina de los tres coños, el gélido frío junto al río o el sol inmisericorde de la Rúa —el tiempo que acompaña a la Pasión siempre ha sido caprichoso—, había algo inmutable que me alegraba la niñez cuando mi viejo padre me invitaba a acompañarle las tardes de Semana Santa para disfrutar de la imaginería salmantina.

Me recuerdo agarrado a una mano envejecida, muy trabajada, con manchas en la piel y rasposas arrugas y callos. Cosas de ser hijo de un hombre que tenía ya casi edad de abuelo cuando nací. El tacto era rugoso, pero me cogía con tanta ternura que a mí no me parecía desagradable en absoluto. Íbamos siempre con tiempo al centro de la calle Compañía, un poco más arriba de la iglesia de San Benito, ya que según mi padre allí era donde mejor se veían las procesiones. La calle es estrecha y no permite más que dos filas de personas pegadas a los edificios, pasando los nazarenos cerca con sus cruces, sus velas y sus coloridos atuendos. Sin embargo a mí no me importaba nada de eso. Yo iba por otra cosa. Yo esperaba a alguien.

Cuando a lo lejos se veían asomar los primeros capirotes al inicio de la calle era cuando más nervioso me ponía. Miraba a mi padre expectante a que el ritual comenzara, y él, sabiéndolo, comenzaba a carraspear como cuando se inició nuestra tradición. ¿Tienes tos? Le preguntaba. Él asentía y yo le decía que tenía que cuidarse, que el año siguiente teníamos que ver la procesión juntos de nuevo. Entonces él se reía y me daba un cachete simpático en el cogote, y después se sacaba una moneda de cien pesetas del bolsillo. Anda, diablo, vete y cógete algo. Entonces yo salía corriendo hacia el hombre de pelo negro y rizado que avanzaba a unos quince metros del inicio de la procesión cargando con un enorme bidón rojo y un cesto lleno de barquillos grandes y pequeños, anchos y estrechos, y de obleas plegadas y enteras. Junto a mí otros niños le pedían una bolsa de lo que quisieran, dando un par de vueltas a la ruleta del bidón para hacer la gracia. Después volvía corriendo hasta donde mi padre, le daba el primer barquillo y me comía el resto mientras pasaba la procesión. Creo que la bolsa nunca duró más allá de la tercera fila de nazarenos.

Con el tiempo aprendí que lo del barquillero era algo muy común en toda España, al menos antes. También supe para qué llevaba la ruleta en lo alto del pesado bidón rojo, que no sólo era una vistosa forma de hacerse ver sino una forma de juego para esos tiempos en los que verlas venir era uno de los pocos entretenimientos disponibles.

Por supuesto llegó el año en que mi padre no pudo cuidarse para ver conmigo la siguiente procesión, pero en su memoria siempre espero que llegue Semana Santa para acercarme al inicio de las procesiones y ver al mismo hombre tirando del bidón y la cesta, más gordo y canoso de lo que lo recuerdo, pero igualmente dispuesto a llevar barquillos a los niños a unos quince metros del inicio de la procesión. Siempre me acerco, le pido una bolsa, y doy un par de tiradas a la ruleta. Después saco el primer barquillo, se lo doy a algún niño que espera junto a sus padres en la calle Compañía, y me como el resto con las ganas de ese crío que algún día fui notando la suave quemazón del capón cariñoso de mi padre que, de alguna parte, llega hasta mi nuca como un soplo de aire primaveral.

Foto de portada: Wikipedia

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