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El alud

Nunca se sabe qué lo causa y tampoco la magnitud del desastre. El alud es así. Puede que su implacable fuerza caiga pendiente abajo sin apenas raspar las inalterables rocas de la montaña, pero también es posible que arrase árboles, animales y casas.

El alud es así. Imperturbable, irracional, majestuosamente horrible.

Dicen algunos que se pueden prever. Que el peso de capa de nieve tras capa de nieve es, en realidad, predecible. Los hay que con sólo echar un vistazo saben que algo no va bien; que todo se puede venir abajo en cualquier momento. Premonitorios, quizá.

La montaña no aguanta todo lo que le echen. Lo parece, por supuesto, pero no es así. Es mucho más sensible de lo que la gente imagina. Se duele cuando la pisan, llora de impotencia, sufre. Casi podría decirse que es humana. Precisamente por eso una sola piedrecita cayendo por el lugar adecuado puede desencadenar el desastre.

Desconfía de las más rocosas, las que se muestran inamovibles y duras frente a todo mal. Las que tienen sus lomas bien preparadas, con senderos seguros y nieves compactas. Nunca hay sendero del todo seguro ni nieve suficientemente compacta. Puede que veas bien la superficie, pero jamás sabrás a ciencia cierta qué esconden las capas inferiores. Y ahí es, escalador, donde el peligro sobreviene. Porque una montaña herida es mucho más peligrosa que cualquier azote de la naturaleza. A su alrededor los pasos se vuelven dubitativos, los que más cerca están de ella sufren su ira, y al final la mole imperturbable resulta ser un gigante destructivo que no trae más que desdicha a los que le rodean.

No creas que hablo por hablar. He visto demasiados colapsos, demasiados aludes inesperados, demasiada pena. Porque donde hay nieve hay problemas, y las montañas pueden parecer buenas manejándolos pero ninguna es lo suficientemente fuerte como para no dudar de vez en cuando. Mira esas otras, las que parecen más débiles con sus pequeñas nieves. Esas se rompen cada poco tiempo, sí, pero no hay ninguna lo suficientemente suicida como para aguantar más peso del que deben sobre sus espaldas. Huye de las sierras orgullosas, duras en su altura, pues rara vez sus núcleos hacen justicia a tan magnífica estampa. Si buscas bien encontrarás sin demasiada dificultad algún resquicio, algún pequeño hueco a través del cual, si logras introducirte, verás la podredumbre de sus paredes. Metros y metros de galerías corroyendo todo su ser, envileciendo su carácter hasta convertirla en una trampa mortal para todo aquel que, inconsciente, la vea como un objetivo seguro.

Creo, escalador, que sabes de lo que te hablo. Del pequeño problema que de pronto se convierte en un mundo. De la fortaleza impostada, la fachada y la vacua fastuosidad. De la toxicidad emocional. Del dolor. El alud no es una opción, es una constante. No hay que preguntarse si pasará, sino cuándo. Y una vez tengas claro esto piensa, mi buen escalador, cómo de profundo está clavado tu piolet en la roca pues habrás de resolver dos cuestiones de gran importancia. La primera es cuanto dolor, rechazo y pena podrás aguantar cuando la se produzca el colapso. La segunda es hasta cuándo querrás hacerlo.

Eso y sólo eso has de pensar cuando conozcas a alguien. Juzga bien sus lomas, busca las cuevas y mide bien la profundidad de sus nieves. No te fíes de lo que te digan, sólo de lo que puedas comprobar. Porque cuando se desate el alud serás el primero en sufrirlo.

Y como te he dicho no es cuestión de si lo sufrirás o no. Es cuestión de cuándo.

 

Foto de portada: ©Free Photos

 

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