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Duelo en el foro

Concluye la reunión del día y el italiano y el alemán se disponen a dar un paseo por la ciudad. El italiano quiere exhibir su poderío frente la delegación germana, todos altos, fuertes y vestidos con gruesos abrigos de corte militar para protegerse del frío romano. Montan en los coches y salen del palacio Venecia para dirigirse al Foro, no sin antes hacer una pequeña inclinación de cabeza hacia la tumba del soldado desconocido.

En días anteriores han disfrutado de las bellezas de Roma, desde el Vaticano hasta el Coliseo, pero la visita de hoy hace especial ilusión al italiano. Con su cabeza rapada brillando al sol invernal, el hombre sonríe al alemán compartiendo una alegre conversación alejada de los asuntos que llevan tratando desde hace unos días. No es momento de estropear la jornada con la absurda guerra española.

Al paso de los vehículos los ciudadanos que caminan por las aceras se cuadran y levantan el brazo con orgullo. Eso ensancha aún más la sonrisa del italiano, que fanfarronea sobre el cariño que le profesan sus compatriotas. El alemán asiente y señala por la ventana el majestuoso castillo Sant’Angelo, al otro lado del Tíber. Por un instante vislumbran entre calles el obelisco de la Piazza del Pópolo, y en pocos minutos llegan a su destino: El Foro Mussolini.

Recibidos por una amplia comitiva regada de iconografía fascista, el alemán señala los casi veinte metros de altura del obelisco de la entrada dando palmaditas en la espalda al italiano al leer la inscripción de una de las caras. Después cumplen con el protocolo y estrechan las manos de los encargados del Foro y saludan a los atletas más eminentes del país. Comentan la ambición del italiano de organizar allí las olimpiadas del cuarenta y cuatro, y de cómo van a remodelar el resto de instalaciones para que den cabida a unos juegos olímpicos mejores aún que los alemanes del treinta y seis.

Durante toda la visita las puyas entre el italiano y el alemán por los juegos olímpicos se repiten una y otra vez, al punto de determinar que es necesario medir el honor de ambas naciones. Es el alemán quien encuentra la solución, retando al italiano a un duelo a sable en la Academia de Esgrima. La idea es muy celebrada por la cohorte de hombretones que rodean a ambos, que pronto les presentan dos sables de competición y ropa adecuada para el combate.

A un lado de la pista el cráneo rapado del italiano brilla bajo los focos, alzando sus corpulentos brazos para aplauso de su camarilla. Al otro, las anchas espaldas del alemán calientan alzando los hombros mientras balancea el peso de su arma en la mano. Desde el principio demuestran una agilidad inesperada para su volumen, sobre todo el alemán, que mide un palmo más que su rival.

Para gozo de la hinchada local, el primer envite lo gana el italiano. Una parada y respuesta de manual ejecutada a la perfección con el contrafilo del sable. Esto, lejos de amedrentar al alemán, hace que sus mandíbulas rechinen dentro de la careta y se lance con gran tino a por su rival pillándole a contrapié en tres puntos seguidos. El duelo continua entre estocadas elegantes y rastreras, divirtiendo a los afortunados espectadores de tan ilustre combate. Cuando parece que el alemán lo tiene todo listo para hacerse con la victoria, repara en el escueto movimiento de cabeza que le dedica su segundo en la embajada. Entonces recuerda las últimas palabras que le dirigió el Führer antes de partir hacia Italia y se traga su orgullo. Tras veinte minutos de duelo, el italiano se alza victorioso tendiendo la mano a su contrincante en un elegante gesto de deportividad.

Ya en las duchas el italiano agradece la victoria al teutón, haciendo paralelismos entre la fiereza de la Luftwaffe en el aire y la de su comandante supremo con el sable. Una vez vestidos se reúnen de nuevo con el resto de la embajada para ir a comer. Deben descansar pues esa tarde tienen una importante reunión para decidir qué hacer con ese engreído general español que, pese a toda la ayuda que le han facilitado, no consigue ganar la guerra de una vez por todas.

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