Era de noche ya, aunque serían las siete y media solamente. Cosas del invierno. Se había levantado un día frío y oscuro, y un ventarrón corría por las calles como si le persiguiese el mismo demonio. La calle por la que iba estaba bastante mal iluminada, por lo que aceleré el paso para intentar quitarme de encima la inquietud que sentía. Fue entonces cuando los vi.
Estaba todavía lejos, pero incluso en la penumbra podía apreciar los cromados de las dos motos, y las llamas y calaveras pintadas sobre los depósitos. Sin embargo lo que me puso la carne de gallina fueron las siluetas de sus dueños: los dos barbudos, altos, fuertes, con chalecos de cuero como si el frío no fuese con ellos. Y lo peor era que tenía que pasar a su lado. No quedaba otra. No había otro camino.
El corazón se me aceleró según me acercaba. Por alguna extraña razón intenté estirarme e hincharme, como los animales de los documentales cuando se encuentran con un enemigo. De poco me iba a servir pues eran dos y bastante más grandes que yo.
Al acortar la distancia pude apreciar sus rasgos, duros mientras se hablaban apoyados en los costados de sus monturas. Uno fumaba un cigarrillo que arrojaba amenazadoras sombras sobre su rostro cada vez que le daba una calada. El otro escupía en el suelo con cara de asco. Y no hacían intención de irse, de pasar la pierna sobre el asiento, arrancar y desaparecer en la noche. Qué va. Seguían ahí, hablando con un tono aguardentoso que emborrachaba solo con oírlo.
Justo cuando iba a pasar a su lado agaché la cabeza como intentando evitar que me vieran, pero entre sus farfullos pude por fin entender unas palabras que jamás habría pensado escuchar de dos tipos con esa pinta.
— No, no, el inicio de Mater Mea tiene un sonido más profundo, más solemne —decía el del cigarro sacudiendo la cabeza.
— Eso depende, macho. La Madrugá es insuperable, para mí la mejor —le contestaba el otro después de escupir otra vez—. El trío, la melodía del clarinete con el saxo… esa emoción no la transmite ninguna otra marcha.
Por un momento pensé en pararme y mirarles bien. Eso o lavarme los oídos.
— Lo que tú digas, pero Mater Mea te empuja como nada cuando vas debajo del paso. Mira —pude ver por el rabillo del ojo que se señalaba el brazo—, los pelos de punta sólo de acordarme.
— Yo con verlas tengo suficiente, y lo de cargar con el paso ya ni te digo… —le respondía el otro sacudiendo la cabeza con admiración—. Escucharla en la calle, ver la Virgen… prrrom, prrrom… Eso es sagrado.
Cuando pasé de largo casi me eché a reír pensando en lo del hábito y el monje. Quién lo iba a decir, cruzarme con los moteros más fervientes seguidores de la Semana Santa. Ojalá toda la gente con esas pintas tuviera conversaciones así de inocentes.
Foto de portada: ©Pexels
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Jajajaja los prejuicios siempre están ahí. Yo hubiera puesto a correr.
Me ha gustado.
Sorprendentes los moteros.
Un abrazo