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Dos cigarrillos

Iba caminando cerca de la muralla vieja cuando la vi. Demasiado joven para no tener que estar en el instituto a esas horas. Demasiado seria como para que no le pasase nada. Demasiado arreglada para un martes cualquiera. Todo en aquella chica, que no superaría los dieciséis años, era demasiado.

Por las mañanas acostumbro a dar un paseo para ir a por el pan y hacer algún recado. Me gusta ver cómo la vorágine de la ciudad pasa a mi alrededor sin tocarme mientras yo camino limitándome a observar. Pequeños lujos que los parados podemos permitirnos. Por eso pude distinguirla entre la multitud, y por eso la seguí hacia el borde de la muralla vieja. No es que quisiese llamarle la atención, decirle que tenía que estar en clase o algo así. Simplemente la curiosidad pudo más que la rutina.

Vestía una chaqueta vaquera, una falda corta negra y botas enormes, y el color de su pelo era un rubio excesivamente amarillo como para ser real. Los labios rojos, las pestañas larguísimas y una ancha raya del ojo que terminaba más cerca de la sien que de su pupila. Qué trabajoso tiene que ser ir así de pintada por la vida, pensé. Nadie se arregla así a diario, y mucho menos para saltarse clase. Porque era obvio que esa chica tenía que estar en el instituto, no camino a una zona medio derruida de la vieja muralla. Ahí se dirigió sin volver la cabeza para ver si alguien la seguía. Tampoco parecía importarle.

¿Qué le llevaría a ir a aquel sitio tan apartado de todo? ¿Una cita quizá? ¿Un chico? Desde lo alto de la pared de piedra hacía como que miraba el horizonte sin perderla de vista. Se había sentado en el borde de la muralla y dejaba caer una pierna hacia el abismo, meneándola despreocupadamente al son de una cancioncilla que sólo sonaba en su cabeza. No tenía pinta de que fuese a venir nadie, lo cual descartaba la cita. ¿Por qué habría venido entonces?

Como si hubiese oído mi pregunta, la chica recolocó su pelo rubísimo tras las orejas y se puso a hurgar en su bolso. Sacó tabaco de liar, filtro y papel y empezó a liar un cigarrillo con toda la tranquilidad del mundo. Había seguido a una chica hasta la muralla para ver cómo hacía pellas y fumaba a escondidas. Qué forma tan aburrida de perder el tiempo.

Cuando estaba a punto de irme reparé en que al terminar de liar el pitillo no había guardado las cosas en el bolso, sino que arrancó un nuevo pellizco de tabaco y se puso a preparar otro. Al final sí que iba a estar esperando a alguien… pero ese alguien no llegaba. Fue entonces cuando hizo algo que me dio la pista de por qué estaba esperando allí: prendió la punta de uno de los cigarros, se la colgó del labio y, después de buscar a su alrededor durante un instante, colocó el otro entre las ramas de una plantita que había a su lado y lo encendió.

Esa chica tan joven, tan maquillada y tan seria, no estaba esperando a nadie. Tampoco aprovechando una mañana de martes para hacer pellas. Estaba fumando un cigarro con una persona que ya no estaba y que, por alguna razón, ese día había decidido homenajear. Puede que fuese una amiga, un novio o un padre, quién sabe, pero allí estaba. Acompañada por la soledad y la memoria en ese lugar apartado del mundo dispuesta a cumplir con un ritual que sólo ella comprendía. Y ahí la dejé yo para seguir con mi rutina de parado, pensando que en realidad sólo estamos realmente vivos si hay personas que nos recuerdan.

 

Foto de portada: ©Desconocido

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