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Donde muere mi caballo muero yo

Me encamino hacia la casa que me indica el paisano y llamo a la puerta. Doy un paso atrás, me quito el chacó y lo pongo bajo mi brazo para, con la mano libre, retirar la tierrilla que se me ha pegado en las perneras del pantalón al venir por el camino. La nube de polvo entre mis pies me da sudores, no por el calor o el esfuerzo del día entero trotando, sino por el recuerdo de la batalla.

Era 14 de abril y a los del Numancia nos había tocado ir a por unos rifeños que estaban causando estragos en la frontera. Apenas una hora tras salir de Melilla encontramos la nube de arena que marcaba la posición enemiga, acechándolos hasta un parapeto en el que los infieles se resguardaron. La carga se lanzó nada más oír la primera descarga, que zumbó sobre nuestras cabezas haciendo caer un par de monturas. No dimos oportunidad de una segunda: nuestros caballos, con el capitán José Rufián a la cabeza, alcanzaron la posición rival convirtiéndola en un maremágnum de lanzazos, tajos y disparos a quemarropa.

Los moros caían uno tras otro, pero eso no los hacía menos fieros: un tiro suelto, que podía haber acabado a cientos de metros de distancia o enterrado entre las removidas arenas del desierto, acertó en el cuello del caballo de Ignacio Fernández, sargento segundo que caracoleaba entre enemigos sable en mano. Las patas de la bestia se doblaron como si la vida les hubiese abandonado en ese mismo instante, obligando a Fernández a rodar por el suelo perdiendo lanza y chacó en la caída.

El sargento estaba lejos de mí cuando pude verle en medio de la nube de arena rojiza y pólvora tirando de las riendas de su caballo para volver a ponerlo de pie. Por supuesto le resultó imposible. Sin embargo sí pude oír su grito al sacar el sable del cinto y, sin soltar el bocado del moribundo animal, matar a cuatro rifeños montados antes de que un tiro por la espalda le dejase seco en el sitio. Donde muere mi caballo muero yo, fueron sus últimas palabras. Qué coraje. Qué valor.

Pero no creo que eso sirva a lo que vengo a hacer yo ahora. Ni el heroico gesto de Fernández, ni haber ganado la contienda causando ochenta bajas enemigas sólo con cuatro propias servirán para cumplir con mi tarea. Ni siquiera las grandes palabras dedicadas por el capitán Rufián en su lucha contra los moros. Porque el propio capitán me ha enviado a mí a comunicar personalmente la hazaña del sargento Fernández a su familia, y ni los elogios, ni el coraje, ni el valor servirán para hacer su pérdida menos dolorosa.

Foto de portada: ©Studio10-27

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