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Un dios había nacido

El oficio de recolector lo abandonó hacía mucho tiempo, y desde luego no iba a convertirse en un simple cabrero como su padre. También probó el de buhonero: gracias a su labia conseguía vender cualquier cosa, aunque el esfuerzo exigido era demasiado para tan poco beneficio. Lo último había sido asaltar caminos, pero no le gustaba amedrentar a la gente y el riesgo de dar con el viajero equivocado era alto. No sería el primero en morir por errar al elegir víctima.

Llevaba varios días perdido, viviendo de lo que encontraba entre los bosques. Sus ropas estaban raídas y sucias, y el pelo le había crecido demasiado. Se veía muy flaco reflejado en el arroyo al que iba a beber todos los días. Necesitaba un plan, pero su mente estaba en blanco.

No quería dedicarse a nada. Nunca le había gustado la idea de trabajar para comer. Eso era tarea para gente mundana, sin ambiciones ni intereses. Mulos de carga y estúpidos que no servían para otra cosa. Él estaba por encima de ellos. Además, otros no lo hacían: ahí estaban los jefes de las aldeas, los ancianos, los… volvió a mirarse en el agua clara y se palpó el rostro. Acababa de tener una idea.

Lo primero era la historia. La suya y la de la revelación. Ambas debían ser convincentes. Por suerte el mundo era todavía muy joven y los charlatanes moralistas no se habían hecho con un hueco preeminente en los poblados. Ese era su filón.

Lo siguiente fue el credo. Tenía que ser lo suficientemente potente como para captar la atención de los incautos que iban a caer en sus garras. Porque caerían, su facilidad de palabra iba a encargarse de ello. Debía dar con la mezcla perfecta entre la censura a las malas acciones y la libertad para divertirse. Un código moral que cualquiera pudiera aplicar en su día a día pero que otorgase recompensas acordes a los sacrificios hechos. Todo por supuesto con el consecuente beneficio espiritual. Esa parte habría que trabajarla más.

Por último necesitaba un nombre. Era obligatorio contar con un buen nombre. Para él y para lo que estaba creando. Se reconvertiría a sí mismo en una nueva persona, de modo que todos viesen en él lo que su prédica podría hacer por ellos. Sí, esa sería la manera. Así conseguiría hacerse un lugar en el mundo.

Días más tarde, tras dar sus últimos toques a su vestimenta, repasó mentalmente la idea que con tanto cuidado había estado desarrollando. Recordó nombres, ritos y los puntos más importantes, las palabras clave que darían profundidad a su mensaje. Incluso practicó los gestos y muecas que debían acompañar al relato viendo su reflejo en el arroyo. No podía dejar nada a la imaginación. Una vez se sintió satisfecho alzó las manos al amanecer y tomó el camino en dirección al poblado más cercano para probar suerte.

Un dios había nacido.

 

Foto de portada: ©Geralt

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