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Diez mil libras de pólvora

Yo era aún mozo cuando esto ocurrió, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Supongo que hay fechas que quedan grabadas en la memoria de manera irremediable, pues por mucho que los años pasen borrando vivencias de juventud, lo que hoy cuento ha quedado arraigado a mi ser como si por algún extraño motivo debiera recordarlo hasta el día de mi muerte. Anciano como soy, esbozo en estas torpes líneas reminiscencias de mi pasado para que aquel que las lea las disfrute y le sean de provecho en el mejor de los casos.

Anochecía ya en la casona en la que servía yo con apenas diez años, allá en Nueva Orleans, como criado de don Luis de Unzaga y Amézaga, gobernador de Luisiana y fiel servidor de su majestad don Carlos III. Era el año de mil setecientos setenta y seis y pese a mi corta edad hasta yo me daba cuenta de que eran tiempos convulsos. Para que el lector sepa un poco más sobre mi vida, diré que mi padre fue un militar castellano de los que llegaron a América con Alejandro O’Reilly, y que murió al poco de casarse con mi madre, que era hija de colonos franceses. La pobre mujer me educó de la mejor forma que supo intentando que no olvidase el idioma paterno, por lo que cuando mi tía me recomendó para entrar al servicio del gobernador le pareció una idea excelente para que aprendiese un oficio al tiempo que mejoraba mi español.

No me extenderé en detalles pues no es mi intención aburrir, por lo que seguiré mi historia. Cuando llamaron a la puerta aquella tarde algo me dijo que podía ser importante, y es posible que por esa razón todavía recuerde, con tanta claridad como veo ahora el papel y la pluma con las que estoy escribiendo estas líneas, tres figuras recortadas en la anaranjada luz del ocaso esperando a ser recibidas. En cuanto abrí, una de ellas se acercó preguntando por el gobernador. Pude entonces reconocer a un hombre elegante y bien parecido al que había visto varias veces por la ciudad. De distinguido porte, con levita oscura, camisa blanca, pantalón de paño y relucientes botines, me dedicó una leve sonrisa antes de insistir en ver a mi amo. Justo en ese instante apareció al fondo del corredor la figura de don Luis, que tras ver al visitante sonrió abiertamente. Resultaba ser Oliver Pollock, un conocido hombre de negocios con el que mi señor solía departir. Tras un breve apretón de manos, el recién llegado susurró unas palabras al oído del señor de Unzaga haciendo que este reparase en sus acompañantes. Vestidos con harapos, sin afeitar y bastante sucios, dos hombres nos miraban desde fuera valorando si era adecuado acercarse.

Luis de Unzaga torció el rostro un instante y entrecerró los ojos antes de hacerles un gesto para invitarles a pasar. Después les dirigió a su salón privado, despachándome sin siquiera mirarme. Algo urgente debían de tener que contar aquellos dos desharrapados para que mi señor les condujese a sus aposentos con tanta decisión. Yo por mi parte me entretuve echando la llave a la entrada para luego seguir a los cuatro hombres hasta ver cómo se encerraban en el despacho del gobernador. Era yo un chico curioso y un tanto insolente, lo reconozco, y mezcla de ambas cualidades nació el irremediable deseo de conocer qué se estaba hablando en la sala contigua. Sin hacer ningún ruido me acerqué con cautela hasta pegar mi oreja a la suave madera de la puerta, y cerrando los ojos me esforcé en discernir los susurros que llegaban, apagados, del otro lado.

Tanto cuidado por no descubrirme me llevó a perderme la parte inicial de la conversación, por lo que sólo me pude enterar de que uno de los dos hombres era un tal George Gibson, y venía a pedir ayuda en la lucha que los colonos mantenían contra Inglaterra. Años después supe que España no había tomado aún partido en aquella contienda, por lo que cualquier decisión que tomase mi amo podría traer consecuencias catastróficas tanto para el país como para su persona. Después de un breve diálogo alternando español e inglés –lengua que por aquel entonces yo no hablaba–, llegó el motivo real de la visita: la posición de los rebeldes era crítica, y el general Lee pedía diez mil libras de pólvora para hacer frente a la ofensiva británica. Una vez hecha la petición, nadie más volvió a hablar.

Al otro lado de la pared aquel silencio era muy revelador. Puedo imaginar perfectamente el rostro de Luis de Unzaga, sentado en su butacón con los labios tensos y levemente girados hacia la derecha y el ceño fruncido mientras evaluaba la situación. Era su pose habitual en su despacho, sopesando pros y contras antes de tomar una decisión. Tendréis la pólvora, terminó por murmurar, llegando hasta donde yo me encontraba el quedo suspiro de alivio que dejaron escapar los dos colonos.

Como he dicho al principio, no alcanzo a comprender por qué recuerdo tan nítidamente aquella tarde en Nueva Orleans. Puede que los acontecimientos posteriores, que narraré en otras páginas si Dios me concede salud y tiempo, hayan hecho que mi memoria no pueda borrar este momento. Otros hubo más importantes en mi vida, pero quizá ninguno tan memorable como aquel en el que todo comenzó, en el que sin saberlo aún de forma oficial, España acababa de decantar la balanza en la guerra de la independencia de los Estados Unidos de América.

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