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Desde la trinchera

Miro a ambos lados y respiro hondo; sé que pagaré por lo que estoy a punto de hacer, pero ya cuento con ello. Si no, no estaría aquí. Vuelvo a suspirar y pulso enter: el tuit reluce en la pantalla una vez se ha enviado.

Me retrepo a la silla recordando mis inicios en redes sociales y cómo entonces no me atrevía a dar mi opinión. Supongo que los años te hacen más osado, más ególatra. No sé exactamente qué me llevó a cambiar de enfoque, pero tampoco importa. El caso es que ya no me callo ante nada ni ante nadie. Si cientos de idiotas y bocazas —trolls, los llaman, yo prefiero imbéciles— son capaces de sobrevivir en las turbulentas aguas de la red, yo también.

Un circulito azul aparece raudo en la pantalla. No he tenido tiempo ni de respirar y ya hay alguien dispuesto a llevarme la contraria. En efecto es uno de esos trolls, un miembro más del ejército de mezquinos que bajo un nombre más o menos absurdo, una descripción que no describe, y una foto falsa, desenfocada o llena de filtros, se entretiene en despellejar a cualquiera con unas formas que dudo use en la vida real. La cobardía llevada a su máximo esplendor en píldoras de doscientos ochenta caracteres. Eso es Twitter.

Como buenos carroñeros al olor del primer comentario, no tardan en llegar el resto de aves de rapiña en busca del sitio por el que acuchillar con su tuit. Insultos, comparaciones absurdas, falacias tintadas de falsa educación, de todo. Que en parte me lo he buscado, pero como ya he dicho mi época de estar calladito ha pasado ya. Además soy paciente: no tengo más que esperar unos minutos y el azul del circulito que avisa de nuevas respuestas se vuelve algo más claro. Más esperanzador.

Antes de pinchar me paro un momento a pensar qué hacer si la cosa no va como he calculado. Si merece realmente la pena aguantar el chaparrón de improperios sin venir a cuento. Sin una verdadera razón. Tampoco estoy defendiendo el pilar principal de mi sistema de creencias ni la certeza más incontestable del mundo. Es un tuit, nada más; dos frases que en menos de media hora habrán sido devoradas por otras miles, convirtiéndose en una gota insignificante del océano de información que encierra el pájaro azul. Bueno, me digo, vamos a ver si esto avanza como debe y luego ya decidiremos. Llevo el cursor hacia el botón y hago clic en él.

Sentado en mi silla de trabajo, por un instante me siento como el vaquero que se ve rodeado por los indios y de repente escucha la llamada de corneta entre los desfiladeros. Ha llegado la caballería. Junto a los nombres de los trolls, veo aparecer otros más amables, más habituales en mi quehacer tuitero. Ahí está esa chica con la que hablo de novelas; el señor que siempre me hace retuit; el que empezó a seguirme por no-sé-qué cosa graciosa que puse. Poco a poco los propagadores profesionales de odio se empiezan a ver rodeados, teniendo dos opciones: la excusada retirada táctica o directamente la desaparición. La mayoría optan por esta última, demostrando su enorme cobardía. Pero ya he dicho que esto es Twitter, y el que está aquí sabe a qué atenerse.

Acaba la contienda y ya sólo quedamos los conocidos rodeados de polvillo en suspensión. Ese grupo de personas que, sin habernos visto nunca, sabemos un poquito los unos de los otros; quizá lo justo para tenernos hasta cierto aprecio. Les agradezco el haberme sacado del apuro y les veo desaparecer cada uno por su lado dejando la trinchera llena de cadáveres ortográficos, reflexiones moribundas y frases a medias. Paro de teclear y releo sus últimos tuits, sus despedidas hasta la próxima disputa, y por un momento me alegro de formar parte de esta gigantesca y a veces hedionda comunidad que es Twitter. Sin pagar los peajes que supone estar aquí dentro, jamás habría podido conocerles.

 

Foto de portada: ©craic9

 

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