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Decisiones

Están los dos en silencio, como clavados al suelo frente a la trapa bajada bajo la luz de una farola. El bar de Antonio ha cerrado definitivamente, y con él sus recuerdos están un poco más lejos de su memoria; más cerca del olvido. El dueño, alegre y socarrón como siempre, ya no formaría parte de sus conversaciones entre cafés, cervezas o copas. Ahora formaba parte del pasado.

— Vaya mierda.
— Sí.

De alguna forma ambos echan a andar de manera simultánea. Los dos en la misma dirección sin decir una sola palabra. Lo bueno de llevar un amigo al costado es que puedes permitirte esos silencios largos sin que sean incómodos. Ya lo decía Mia Wallace.

— Cuéntame algo, anda —termina por bufar Laura—. Y piensa a dónde vamos a ir, que necesitamos nueva base de operaciones.

Marcos deja caer la cabeza con desgana y se pasa una mano por el mentón. El tiempo mejora pero un fresco extraño y taciturno se mantiene de alguna manera asentado en Madrid. Estira la goma de la mascarilla e intenta recordar alguna otra tasca en la que poder tomar algo con su amiga.

— Va, decide —insiste ella.
— Mira, respecto a eso tuve el otro día una revelación.
— ¿Respecto a qué?
— A tomar decisiones.
— A ver.

El joven carraspea y hace un gesto habitual en él. Es el gesto que utiliza siempre que va a sentar cátedra.

— Es imposible tomar malas decisiones. No se puede. Es como intentar dejar de respirar.
— A ver, Mister Wonderful de pacotilla —arquea la ceja ella—. Desarrolla.
— Nadie toma una decisión que le va a traer menos ventajas que otra. En igualdad de oportunidad, me refiero.

Nadie va por la calle oscura de noche pudiendo elegir la bien iluminada. Ya sabes a lo que me refiero.

— Bueno, pero…
— Déjame terminar: Tú tomas cada decisión con lo que sabes, con lo que sientes y con lo que te bulle en la mollera en el momento de tomarla. Luego claro, las cosas pueden cambiar, y en ese momento tomarías otra decisión, pero es que la decisión ya está tomada, hay que vivir con ella.

Laura suelta un bufido.

— ¿Ahora me vas a venir con que hay que perdonar a tu yo del pasado y esas memeces?
— Qué puñetas, a la Laura del pasado puedes odiarla todo lo que quieras. Lo que no puedes hacer es odiarla por las decisiones que tomó.
— ¿Entonces?
— Ódiala por las razones que le llevaron a tomarla. Por ser cándida, o crédula, o egoísta, pero no por decidir. Es más, sin el error motivado por alguna de esas elecciones ahora serías tan cándida, crédula o egoísta como la del pasado.

Laura se para y mira muy seria a Marcos. Sus ojos centellean por encima de la mascarilla.

— Odio cuando te pones así.
— Lo sé —asiente—. Yo también.
— ¿Alguna enseñanza más?
— Sabes que tengo razón. En parte, al menos.
— Lo que tú digas —se escabulle la otra echando a andar—. Qué puta mierda lo del bar de Antonio.

Marcos sonríe de medio lado y se pone a su par. Si no fuese por la mascarilla diría que Laura también sonríe aunque mínimamente.

— Sí, qué puta mierda…
— Los tiempos que nos ha tocado vivir —asiente con los hombros caídos—. Y tú te los querías perder.

 

Foto de portada: ©MabelAmber

 

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