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El comando Morgan

Desde que la humanidad tomó conciencia de su responsabilidad como especie dominante se obsesionó con lograr el equilibrio medioambiental, pero cuando diez mil millones de humanos poblaron la tierra cobró fuerza la idea de que eran una plaga. Fue entonces cuando aparecieron a los cazadores, y los miembros del comando Morgan eran los mejores.

Sus zonas de trabajo eran habitualmente lugares apartados en los que tender emboscadas y realizar su actividad sin peligro. De ser atrapados el castigo sería ejemplar, pues no dejaban de ser mercenarios cuya actividad era ilegal, pero si conseguían realizar su labor sin ser identificados nadie los denunciaría. Ese era el trato. Por eso muchos se atrevían a convertirse en cazadores pero pocos duraban en el negocio.

La vida de cazador era azarosa, sin embargo los mercenarios del comando Morgan no dejaban nada al azar. Todo lo que hacían era meticulosamente planeado y aprobado por los líderes de la organización, ya fuesen cazadores o cirujanos. Estudiaban a conciencia mapas y poblaciones, llegando a realizar doscientas capturas en una noche, una actividad frenética que suponía un riesgo doble: no sólo podían atraparles, sino que además al ser operaciones tan largas el hospital corría el peligro de sufrir un ataque.

El comando Morgan se movía por todo el globo, pero como tantos otros cazadores solía centrar su actividad en el continente africano. No sólo era más fácil localizar objetivos viables allí, sino que además era donde la ONU había puesto el foco del problema. Y al fin y al cabo los que pagaban eran ellos.

Una operación normal empezaba la tarde anterior al ataque a unos cinco kilómetros del objetivo. Era importante encontrar un lugar tranquilo y apartado para no levantar sospechas. El comando montaba el hospital, dejando todo listo a la caída de la noche. Alrededor de la una de la madrugada, las dos furgonetas del comando y el camión de transporte iniciaban la caza.

Cada objetivo requería una aproximación diferente, pero una vez fuera de los furgones el proceder era siempre el mismo. El estudio previo marcaba dónde estaban los blancos más fáciles, que caían rápidamente bajo el fuego de los dardos tranquilizantes. Ese era el arma principal del comando Morgan, aunque todos los cazadores llevaban una nueve milímetros al cinto por lo que pudiera pasar. La primera carga, de unas treinta o cuarenta personas, era siempre la más fácil. El problema venía cuando se daba la voz de alarma. Ahí cada disparo contaba, y había que tener muy claro hasta dónde se podía tirar de la cuerda. En su gremio la avaricia era el camino más rápido al cementerio.

En el hospital los cirujanos esperaban pacientemente la llegada del camión. Hasta ese momento la radio iba anunciando el desarrollo de la operación, pero en cuanto las luces aparecían en la oscuridad todo se volvía un caos. Había que sacar los cuerpos, dividirlos entre hombres y mujeres y llevarlos a las mesas para proceder a esterilizarlos de la forma más rápida posible a los pobres desgraciados que habían atrapado. Al terminar se les inyectaba un potente antibiótico y se colocaban los cuerpos en una hilera en el exterior protegidos por mantas. Después un ayudante tomaba fotos y huellas dactilares como prueba de la cacería. Así se aseguraban el pago.

Cazar, transportar y esterilizar. Ese era su trabajo. Todo por el bien del planeta.

 

Foto de portada: ©Pixabay

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