Antes de apretar el gatillo sopesó lo que iba a cambiar su vida. Se tomó un momento para recordar por qué lo hacía, sonrió, y dejó que su dedo resbalase sobre el gatillo ignorando el ruego sordo de su víctima. Luego sonó el estampido del disparo y, después, el silencio.
Antes, por la mañana, revisó el arma, la limpió, la cargó y la guardó en un pequeño maletín. A continuación se dio una ducha, posiblemente la última tranquila en mucho tiempo, y se vistió. Se echó la mochila con todas sus pertenencias al hombro y palpó el pendrive con todo su dinero en bitcoin. De un vistazo examinó la habitación del hotel y, tras comprobar que no se dejaba nada, miró el reloj. Tenía tiempo de sobra para bajar al vestíbulo, pagar la cuenta e ir al encuentro de su objetivo.
Antes, la semana anterior, terminó todo el papeleo: dio de baja las cuentas, cambió la titularidad de los suministros y firmó la venta de su casa en la notaría. Después cambió todo el dinero a bitcoin excepto la cantidad justa para poder vivir hasta cumplir con su venganza. Con una semana o dos le bastaría. Reservó una habitación de hotel, buscó vuelos a Filipinas y valoró las mejores rutas de escape. Tendría tiempo suficiente para desaparecer desde que encontrasen el cadáver y la policía le relacionase con el asesinato.
Antes, dos meses antes, su plan casi se vino abajo. Surgió la duda. En una de sus sesiones de vigilancia se había acercado demasiado a su víctima, lo que le permitió ver el deplorable estado en el que se encontraba: apenas podía respirar sin toser, la espalda se le empezaba a encorvar, su piel parecía cetrina, seca y con algunas heridas y a su sonrisa le faltaban algunos dientes. Estaba viejo, débil, ridículo con su ajada chaqueta de cuero y sin apenas fuerza para tirar del carro de la compra. Verlo así le hizo pensar que quizá la vida se había encargado ella sola de vengarse. Que a lo mejor ya estaba sufriendo cada día un castigo mayor que la muerte. Esa noche apenas pudo dormir mientras miraba la pistola con la que pensaba matarle en pocas semanas.
Antes, el año anterior, se secó una lágrima, sólo una, en el entierro de su abuelo. Tras la muerte de su padre había sido él quien le había criado, y jamás había permitido llorar. Por eso decidió honrar su memoria tragándose todo su dolor. Ese mismo día se apuntó a la federación de tiro olímpico y a los pocos meses estaba practicando con su Beretta 92 FS en el campo de tiro. La pregunta era si tendría el estómago para terminar lo que llevaba royendo su mente tantos años y, sobre todo, qué haría después con su vida. ¿Huir? ¿Entregarse? Ninguna opción parecía la adecuada.
Antes, mucho antes, recordaba cómo su abuelo le recibió cuando llegó a vivir con él tras la muerte de sus padres: con su barba entrecana perenne, con sus ojeras perennes y su perenne andar cansino. Le acompañó a su habitación, que no era otra cosa que una despensa reconvertida en cuarto para un crío, y le tomó del brazo muy fuerte para arrastrarle hasta la cocina. Tuvo que darle varios tirones porque la pierna todavía le dolía tras el accidente, pero en esa casa la compasión no tenía lugar. Cuando llegaron le señaló el edificio que se veía al otro lado del patio, el tercer balcón de la izquierda, ese que tenía ropa tendida y dos platos de cerámica colgados en la pared. Por la ventana pudo ver una familia sentada a la mesa, como lo era la suya hasta hacía pocos días. Un padre, una madre, dos hijos, y otro adulto joven vestido con una cazadora de cuero que sonreía mientras apuraba una lata de cerveza. El mismo adulto que le había sonreído sin ningún tipo de remordimiento en el juicio por el atropello que acabó con la vida de sus padres.
Foto de portada: ©Pexels
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