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Al otro lado de la alambrada

Los ecos del último acorde resuenan en la sala al tiempo que un estruendoso aplauso rebota en cada esquina del auditorio. Y en medio de la gran sala está él, como miembro preminente de la junta directiva de la orquesta, emocionado hasta las lágrimas, intentando reponerse después del torbellino de emociones que acaba de vivir.

Su vida es eso, o al menos toda la vida que consigue rescatar de su exigente trabajo: la música sinfónica le recuerda su condición humana con todo lo que ello significa. La vida, la muerte, el amor, el odio, la alegría o la tristeza; emociones atrapadas en el breve tiempo en el que la música suena, condenadas a desaparecer en el momento en el que deja de sonar. Esa similitud con la propia existencia humana es lo que más le atrae del arte sonoro. Esa fragilidad.

Como cada vez que termina un concierto aprovecha su cargo para bajar a los camerinos y felicitar personalmente a los músicos. Los conoce a todos por su nombre, y se dirige a ellos mezclando la fascinación del melómano con el orgullo de saber que muchos de ellos le deben su puesto de trabajo. Porque fue él quien aprovechó su influencia para dotar de nuevos fondos a la orquesta cuando la economía iba mal. También fue su buena mano dentro de la política la que consiguió la rehabilitación de la sala de conciertos. Su amor por la cultura le ha llevado a convertirse en el custodio de la música en su ciudad.

Una vez terminados los saludos a los músicos departe sobre la interpretación con el director, compartiendo confidencias sobre filosofía e historia aplicadas a la música. Hace preguntas precisas que obligan al maestro a desmadejar su construcción sinfónica casi acorde por acorde. El interrogatorio dura veinte minutos, hasta que por fin todas las dudas quedan resueltas.

En la calle, un coche negro le aguarda para llevarle a su casa, donde cena con su mujer y sus hijos compartiendo con ellos las emociones vividas. Con ojos húmedos recuerda la explosión sonora y promete a su familia que la próxima vez le acompañarán al auditorio. Luego acuesta a los niños, besa a su mujer en la frente y charla con ella mientras se pone el uniforme. Ella le pide que se quede en casa, pero el deber le obliga a abandonarla una noche más.

El coche le recoge para tomar la carretera de salida de la ciudad y recorrer treinta kilómetros hasta un estrecho camino guardado por dos garitas. Allí le piden la documentación mientras él tararea sonriente el tema del scherzo de la sinfonía. En la penumbra del asiento trasero mueve la mano imitando los gestos del director, como si dirigiera una orquesta invisible.

Al rato el coche se detiene de nuevo al borde de una alambrada. Los guardas que franquean el paso se cuadran al verle a través de la ventanilla y abren el portón. Una vez dentro, el vehículo le lleva hasta el patio central, donde quince figuras aguardan vestidas con unos harapos. La noche brilla sin una sola nube en el cielo, lo que hace que el vaho que sale de las bocas se vea perfectamente. El tintineo de los grilletes es lo único que se escucha por encima del ruido del motor.

Cinco soldados se cuadran cuando sale del coche a la espera de la orden. Un simple golpe de cabeza les indica lo que deben hacer. Por su parte él se dirige a su despacho para firmar las órdenes de ejecución sin mostrar ninguna emoción. El hombre que lloraba con la música no tiene cabida una vez cruza la alambrada. Allí dentro es el jefe del campo, y cumple su función con implacable indiferencia.

Quince minutos después, en la otra punta del campo de concentración, un coro de gritos canta una sinfonía maldita por encima del estallido de los disparos del pelotón de fusilamiento.

 

Foto de portada: ©Pexels

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