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A mano

— Empezar un texto con una línea de diálogo descoloca al lector.

Era la tercera vez que el profesor repetía el consejo desde que había empezado la clase. No sé a qué venía tanta advertencia, a mí me parecía una técnica fantástica para poder pillar descolocado al lector, generando interés y dudas en él. ¿De qué va el texto? ¿Qué me he perdido? ¿Hay algo que ya debería conocer? Obviamente no, pero esa falsa sensación es licencia legal para el escritor —honrosa, casi—, y como tal hay que aprovecharla.

Seguía el profesor hablando cuando reparé en los apuntes que tomaba mi compañero de mesa, Martín. La mesa era grande y todos estábamos alrededor de ella, por lo que de alguna forma todos éramos compañeros de mesa, pero a él lo tenía al lado. Era más compañero, por así decir. En un pequeño cuaderno moleskine negro, con una pequeña pluma de finísima punta que dejaba un pequeño reguero azul cian en el papel, trazaba de un pequeño y contenido gesto la letra más pequeña que he visto en mi vida. ¡Era minúscula! Renglones muy juntos y márgenes amplios daban a las palabras la imagen de diminutas pulgas en formación, imposibles de distinguir unas letras de otras a dos codos de distancia. Entonces me fijé en la apariencia de Martín, en sus gafas de elegante montura metálica, su barba de pelo corto y el jersey de punto fino; todo milimétrico él, todo pulcramente medido. Vi, en definitiva, el paralelismo entre letra y persona. Cuadraba.

Nunca he creído en las pseudociencias como la grafología, pero decidí dejar de lado la clase y dedicarme a observar letras y dueños por diversión. En el otro costado tenía a un hombre mayor, de esos que se apuntan a cursos por matar el tiempo, calvo, rechoncho y sudoroso. Vicente, se llamaba. Su caligrafía era tan amplia como su barriga, volviéndose algo infantil e irregular; vaga como la desigual línea de tinta que soltaba el boli de propaganda que apretaba entre sus dedos. Al igual que en el caso anterior, si me mostrasen varias líneas escritas a mano preguntándome por el autor, no dudaría en elegirle a él.

Más allá un par de mujeres tenían prácticamente la misma caligrafía de cuaderno Bruño, y vestían de forma similar. Eran Pilar y Carmen, pero bien podían ser Pili y Mili. Chaqueta de punto, blusa y pantalón vaquero. Misma edad, misma imagen, misma caligrafía. Y más lejos aún, un chico más joven que yo —no me acuerdo de su nombre—, de treinta y pocos, con otra moleskine, pilot negro de punta fina y letra ampulosa escrita con velocidad. Un hipster de tiempos actuales, vamos; también cuadraba. Al parecer somos como escribimos.

Por último, me fijé en el compañero del final, más alejado de donde yo me encontraba. Se llamaba Adán Jesús, escribía en cuartillas sueltas de papel reciclado, y siempre me había parecido un tipo peculiar. Barbita de medio centímetro de ancho de patilla a patilla, entrecana como el resto del pelo, que llevaba encajado de manera muy trabajosa para tapar la incipiente calvicie. Por la nuca le colgaba una coletilla ridícula, casi tanto como las gafitas redondas en la punta de la nariz. Sus modos siempre eran educadísimos, estilizados por una fina voz tenoril. Un tipo peculiar, ya digo. Aguzando el ojo vi un primer párrafo de letra farragosa, apenas legible, arrojada con rapidez como si de una sola línea con pequeñas curvas se tratase. Lo que me sorprendió fue el segundo párrafo, el que acababa de escribir, que tenía otro tipo de trazo. Esta letra era redondeada, separado cada carácter del anterior, como si la hubiese escrito otra persona. Un Jekyll y Hyde de la criptografía en toda regla.

Algo llamó mi atención en ese momento. Las manos de Adán Jesús se habían parado una sobre otra encima de la cuartilla, y sus ojos diminutos me miraban con curiosidad tras las gafillas. Yo sonreí con toda la calma que pude, y retiré la vista centrándola en mi cuaderno. Había un brillo extraño en la mirada de ese hombre. Duró tan sólo un momento, pero estaba allí. Tan claro como su doble escritura. Un destello de locura que me heló la sangre y que todavía hoy, al recordarlo, me provoca escalofríos.

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